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“Que lo hubieran puesto en Marte”: crecer junto al booster de Gran Calzada

Por Itzel Chan y Miguel Cocom

El ruido, los olores, el miedo y la falta de espacios públicos forman parte de la vida cotidiana de niñas, niños y adolescentes del fraccionamiento de Umán, mientras empresas y autoridades discuten el futuro de una estación de compresión de gas que ya opera junto a sus viviendas.

—¿Dónde te gustaría que hubieran instalado el booster?
—En otro mundo. Lo hubieran puesto en Marte.

La respuesta de una niña del fraccionamiento Gran Calzada, en Umán, parece una ocurrencia infantil, pero resume el tamaño de la distancia que las familias quieren poner entre sus hogares y la estación de compresión de gas natural operada por Energía Mayakán, filial de la empresa francesa Engie.

Para proteger su identidad, su nombre no se publica. Tampoco es necesario para entender lo que cuenta. Desde que comenzó el conflicto, palabras como booster, gasoducto, explosión, amparo y reubicación entraron en el vocabulario cotidiano de niñas y niños que antes solo reconocían el lugar como la colonia donde estaban creciendo.

“¿Qué he escuchado? Que eso puede explotar y dañar a las personas. Y no hay ni alarmas”, responde la niña. No habla desde un conocimiento técnico sobre el funcionamiento de una estación de compresión. Repite lo que escucha en casa, en las reuniones vecinales y entre las personas adultas que desde hace meses buscan respuestas sobre los riesgos y protocolos de emergencia del proyecto.

El booster forma parte de la ampliación del Sistema de Transporte de Gas Natural Energía Mayakán, destinado a incrementar el flujo de combustible hacia la península de Yucatán y abastecer centrales eléctricas de la Comisión Federal de Electricidad. La infraestructura quedó junto a la cuarta etapa de Gran Calzada, después de que numerosas familias ya habían adquirido y habitado sus viviendas sin que, según denuncian, se les informara sobre la instalación que tendrían como vecina.

Esto es lo que les prometieron a las familias de Gran Calzada.

El olor que llegó hasta la escuela

La niña recuerda particularmente un día en que un olor intenso alcanzó su escuela. Ella lo identifica como gas y asegura que se impregnó en los espacios y en los estudiantes.

“Un día se vino el gas hasta allá”, relata. Según su testimonio, el personal de la escuela tuvo que realizar labores de limpieza después de que los alumnos comenzaron a percibir el olor. El relato permite dimensionar cómo la percepción de riesgo ya rebasó las bardas del fraccionamiento y llegó hasta un espacio que debería representar seguridad para las infancias.

Para una niña, un olor desconocido no se interpreta mediante concentraciones, partículas o niveles de exposición. Se procesa a partir de lo que escucha, como  que puede haber una fuga, que podría ocurrir una explosión, que las autoridades no han explicado qué hacer en una emergencia.

La niña ha escuchado que la infraestructura servirá para mejorar el suministro de energía, pero recuerda que en su vivienda han continuado los apagones.

“Dicen que eso es para dar energía, pero se nos sigue yendo la luz. Si da energía, ¿a qué se la está dando? A nada. Al aire”, reclama.

Una infancia entre ruido, polvo y reflectores

Las primeras quejas de las familias no fueron únicamente por el temor a un accidente, debido a que durante las obras y pruebas de maquinaria, habitantes reportaron vibraciones, polvo, iluminación intensa durante la noche, ruido constante y olores que atribuían a las operaciones del proyecto. Algunos vecinos aseguraron que las puertas y ventanas de sus viviendas vibraban mientras la estación era probada.

Las niñas y los niños estuvieron entre los primeros en resentir esos cambios. Madres de familia han reportado dolores de cabeza, dificultades para descansar y restricciones para jugar fuera de sus casas debido al polvo, el ruido y los olores. Una de ellas explicó que debía mantener su vivienda cerrada y que el miedo a una fuga había modificado las actividades de sus hijos.

Antes del booster, cuenta la niña entrevistada, se sentía tranquila en su casa y en la escuela. Estaba en preescolar cuando comenzó a escuchar sobre el proyecto. En su memoria, la secuencia es sencilla porque primero llegaron las familias y se construyeron las casas; después apareció la estación.

Las niñas y niños han expresado en dibujos sus inconformidades.

Esa cronología importa porque el conflicto ocurre en un territorio que ya era hogar, ruta escolar, patio, espacio de descanso y lugar de juego.

Para las personas adultas, la problemática se expresa mediante permisos, créditos de vivienda, dictámenes, zonas de amortiguamiento y responsabilidades administrativas.

Los parques que tampoco llegaron

El booster no es el único elemento que aparece cuando la niña describe su colonia. También habla de parques deteriorados, juegos dañados, falta de árboles y espacios prometidos que nunca fueron construidos.

Recuerda un juego de madera que parecía a punto de derrumbarse y una resbaladilla deteriorada en la que la ropa podía quedar atorada. Cerca de su vivienda, asegura, les dijeron que habría un parque, pero hasta ahora no ha sido instalado.

Cuando camina por las calles sin árboles, siente directamente el calor.

“Sin árboles no hay aire fresco. Cuando camino hacia mi casa llega más el calor donde no hay ningún árbol, donde están derrumbando todos”, explica.

La infancia y niñez de Gran Calzada transcurre junto a infraestructura energética que genera temor entre las familias y crece en un desarrollo urbano donde, de acuerdo con sus habitantes, faltan áreas verdes, mantenimiento, sitios seguros para jugar y sombra para protegerse de las altas temperaturas.

La falta de espacios públicos también es señalada por las personas adultas de Gran Calzada, quienes consideran que la instalación del booster se suma a una serie de carencias que ya condicionaban la vida cotidiana de las familias.

“Nos impusieron un riesgo que perturba nuestra tranquilidad, que violenta mi derecho a vivir con dignidad. Ya de por sí carecemos de servicios de transporte, no tenemos escuelas, no hay parques ni áreas verdes, no hay áreas para que los niños jueguen. Y aunado a eso nos ponen una estación de presurización de gas”, relata una habitante del fraccionamiento.

Para ella, la incertidumbre también está relacionada con la falta de información sobre la operación y los posibles riesgos de la infraestructura. Asegura que las familias han solicitado información a las autoridades, pero considera que sus demandas no han sido atendidas.

“Se niegan a darnos la información que requerimos para poder vivir con tranquilidad. No tenemos apoyo de las autoridades”, señala.

El artículo 31 de la Convención sobre los Derechos del Niño reconoce el derecho al descanso, el esparcimiento, el juego y las actividades recreativas. No se trata de concesiones accesorias porque son condiciones necesarias para el desarrollo físico, emocional y social de la niñez.

Quienes habitan en Gran Calzada denuncian falta de bienestar.

La Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes establece, además, que deben vivir en un medio ambiente sano y sustentable, bajo condiciones que permitan su bienestar y un crecimiento saludable tanto físico como mental. También obliga a que su interés superior sea considerado de manera primordial en cualquier decisión pública que pueda afectarlos.

En Gran Calzada, sin embargo, las niñas y los niños todavía no han sido escuchados directamente por las autoridades responsables de decidir qué ocurrirá con el booster, con las viviendas y con las familias que permanecen en la zona.

Dibujar la colonia que quieren recuperar

Frente a la falta de respuestas, los habitantes comenzaron a organizarse mediante el Colectivo X un Yucatán con Energía Segura y la iniciativa Salvemos Gran Calzada. Han presentado oficios, solicitudes de transparencia, denuncias ambientales y el juicio de amparo 2113/2025, además de realizar manifestaciones y bloqueos para exigir la suspensión o reubicación de la estación.

Las infancias también han participado en actividades comunitarias y la menor recuerda una jornada en la que niñas y niños realizaron dibujos, portaron carteles y representaron mediante imágenes cómo percibían su colonia y el conflicto.

No conserva todos los detalles, pero sí recuerda que dibujaron personas y que su padre le explicó por qué los vecinos estaban “peleando con el booster”.

La organización comunitaria ha convertido el miedo individual en una demanda colectiva. En junio de 2026, las familias volvieron a manifestarse después del encendido de la estación y reclamaron que su salud y sus hogares no fueran tratados como “daño colateral” de un proyecto energético.

En los parques hay respiraderos del gas y los números de emergencia están ocultos.

El movimiento obtuvo una suspensión provisional en noviembre de 2025, pero posteriormente el Poder Judicial negó detener definitivamente la operación. Desde entonces, los vecinos han continuado solicitando dictámenes de riesgo, planes de emergencia, información sobre posibles indemnizaciones y una mesa de diálogo en condiciones que permitan la asistencia de la comunidad.

A julio de 2026, la Agencia de Energía de Yucatán informó que Engie-Mayakán había planteado comprar 33 viviendas ubicadas en la franja más cercana a la estación y sostuvo que el booster ya funcionaba al cien por ciento. Los habitantes respondieron que no habían sido contactados formalmente y que liquidar sus créditos no equivale necesariamente a garantizarles una nueva vivienda y la restitución de sus condiciones de vida.

También rechazaron que una mesa de diálogo acordada originalmente dentro de Gran Calzada fuera trasladada a Mérida y programada a las cinco de la tarde. Exigieron que el encuentro se realizara en el fraccionamiento, durante la noche, para que las personas trabajadoras pudieran asistir y para que los funcionarios conocieran directamente el ruido y las afectaciones denunciadas.

Los parques están deteriorados en Gran Calzada.

La energía que no ilumina su futuro

La historia de Gran Calzada suele contarse como un conflicto entre una empresa energética, una inmobiliaria, autoridades de distintos niveles y propietarios de viviendas adquiridas mediante créditos de hasta 30 años.

Contada desde las infancias, la historia cambia porque es la historia de una niña que aprendió demasiado pronto qué es un booster. Que relaciona determinados olores con la posibilidad de peligro. Que escucha a los adultos hablar sobre explosiones y reubicaciones. Que camina bajo el sol por calles sin árboles, evita juegos deteriorados y espera un parque que no llega.

También es la historia de niñas y niños que comenzaron a dibujar, portar carteles y acompañar una lucha comunitaria para defender el lugar donde viven.

Cuando le preguntan cómo le gustaría que fuera su colonia, la menor no solicita grandes proyectos ni inversiones multimillonarias. Quiere árboles, parques seguros, juegos que no se rompan y que la estación de compresión no esté junto a su casa ni cerca de su escuela.

Quiere que el booster esté tan lejos que solo pueda imaginarlo en otro planeta.

En Marte.

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