Por: Paul Antoine Matos
Desde muy morro, dice Octavio Uh, participa en las labores de conservación del manglar en Celestún, Yucatán. Octavio es un joven de 18 años que creció viendo a su padre, José Isaías Uh Canul y a su tía, Mirián, trabajar en la preservación del ecosistema de manglar celestunense y dar recorridos turísticos a través de los canales centenarios formados por las especies de mangle rojo, mangle negro, mangle blanco y botoncillo.
“En el manglar boté mi tuch”, cuenta, en referencia a la tradición maya de guardar el ombligo del recién nacido para preservar el arraigo hacia el lugar en el que nace. “Desde que tengo memoria, por ahí de los siete, ocho años, yo veía a mi papá como un ejemplo, como un superhéroe, porque se encargaba de vigilar las zonas de manglar cuando estaba en su etapa de rehabilitación”, recuerda.

Su padre a veces lloraba frente a los clientes cuando le tocaba expresas la importancia del ecosistema de manglar.
“Cuando uno es pequeño, todavía no entiende qué es cuidar. Celestún era un sitio tranquilo, no tan recurrido como ahora ni tan reconocido globalmente; era un lugar donde podías pasar el tiempo y las horas que tú quieres y no te aburrías, te adentrabas al manglar, no era muy alto, explorabas los canales que abrieron y algunas otras lagunas donde se nos ocurría la idea de bañarnos”.
A los 12 años, su primera labor con Guardianes de los Manglares de Dzinintún fue ser canoero, dedicarse a la limpieza de las embarcaciones, y luego como pasador de equipos, quien regresa las embarcaciones hasta el punto de inicio, y, finalmente, ahora como asesor turístico.
Tras tres años como guía, a sus 15 años, comenzó a fotografiar la naturaleza en la que crecía, gracias a un cliente que le enseñó “lo fascinante que es poder capturar los más pequeños detalles de la naturaleza como su ecosistemas y las especies de animales que habitan dentro de esa misma zona”. Notó la emoción del cliente al fotografiar algún ave que veía durante el recorrido y él veía las fotos. De ahí se apasionó porque “se captan los más pequeños detalles que a simple vista no se logran observar”.

Sus primeras fotos las captó cuando logró juntar para una cámara Nikon Coolpix P900, aunque al principio le salían borrosas, quemadas u oscuras. Cree que, a pesar de las complicaciones por el clima, hay fotografías fascinantes que surgen porque “si tú respetas la biodiversidad, te va a dar lo que estás pidiendo”.
Presume de haber tomado buenas fotos al flamenco americano caribeño y al colibrí tijereta mexicano. En la del flamenco, aquel día salió con poca fe para tomar fotografías debido al clima nublado, incluso pringaba un poco de lluvia. En la charca solo había dos flamencos. “Como no había sol o no había tanta luz, sentí que no podía tomar una foto perfecta, traté de tomarla en cualquier posición, de la manera más rápida y como salga la foto. Luego, el sol viene saliendo, como al mediodía; terminando la observación, me topo con la foto del flamenco y me salió fascinante, te wixas, muy clara, la luz perfecta”.

La del colibrí, cuenta, la tomó durante su mes de apareamiento, en el que la hembra es cortejada por hasta cuatro machos. “La hembra se movía de aquí para allá y los machos no se quedaban quietos, siempre la seguían. Traté de ser lo más precavido, lo más paciente para tomar la foto. Me salió una de las tomas más bonitas, de las que más me gustaron”.
Ha registrado el avistamiento de 310 especies de aves, 300 de las cuales las ha visto en Celestún, también ha visto zorritas, armadillos, boas, wolpoch, arañas, monos, insectos como mosquitos, moscas, tábanos, mantis, cacerolitas de mar, osos hormigueros. Pero aún le queda pendiente una especie por ver en persona: jaguares.
Usa la fotografía para concientizar a las personas sobre la importancia de cuidar el mundo y la biodiversidad en el puerto de Celestún. Sin embargo, se preocupa por lo que ocurre en el municipio con la llegada de proyectos inmobiliarios. “Yo lo veo ahora con el tema de los terrenos, que están tale y tale manglar, lo que son matorrales, para construir hotelería y para que gente lo venda”.

En Yucatán, protesta, algunas zonas costeras mataron lo que las hacía especiales por meter hoteles.
Octavio se imagina a Celestún como “un puerto mejor”, un lugar “mágico”, donde se puedan ver los manglares tupidos, con más biodiversidad. Ha aprendido que “el mar te da de comer un día y al día siguiente te lo quita todo, si se cierra el puerto”.
“El manglar me enseñó que el lodo apesta, los moscos te comen vivo y las raíces te hacen caer a veces. Pero sin ese ecosistema de manglar, no tendríamos hogar, porque es lo que más te cuida ahora. Si cortas uno, le cortas la vida a todos.
He aprendido a no quejarme del calor, del frío, del chaquiste, el cuerpo se acostumbra pero la mente tarda más en captarlo. Te ríes, disfrutas de lo que tienes y siempre para adelante”.
Celestún le enseñó a decir “prefiero seguir pobre a sin manglar”. Ha descubierto que si al turista o visitante le explica con pasión sobre el ecosistema, logra cuidarlo, respetarlo, porque a él mismo le ha enseñado a “ser paciente con el tiempo, más duro con las manos, blando con la gente y más terco para defender lo mío. Me quitó el miedo a no tener y me dio el miedo de perder todo lo que tengo”.
📸 Fotografías de Octavio Uh




