Por: Miguel Cocom
En México, cada vez más espacios emblemáticos, del arte, el deporte o el entretenimiento, cambian de nombre por razones comerciales. Lo que antes eran referencias claras de identidad cultural o urbana hoy aparecen acompañadas de logotipos de bancos, aseguradoras o corporativos. La discusión volvió a encenderse estos días con la polémica en torno a la exhibición de la Colección Gelman en el Museo de Arte Moderno (MAM) y los convenios firmados con el banco Santander.

Diversas voces han pedido transparentar los acuerdos relacionados con la colección de arte moderno reunida por Jacques y Natasha Gelman, una de las más importantes del país. Columnistas, especialistas y legisladores han planteado dudas sobre los términos de los convenios que permiten su exhibición y el papel que juegan las instituciones financieras en la gestión de acervos culturales que forman parte del patrimonio artístico mexicano.

El debate no gira únicamente en torno a la colección misma, sino al modelo que se ha vuelto cada vez más común: la presencia de grandes marcas como patrocinadoras, mediadoras o incluso protagonistas de proyectos culturales. En palabras de críticos y especialistas, el riesgo es que los nombres de las instituciones privadas terminen desplazando a los de las obras, los artistas o los espacios públicos que las albergan.

Algo similar ocurre en el terreno deportivo. De cara al Mundial de 2026, el histórico Estadio Azteca, uno de los recintos más emblemáticos del fútbol mundial, cambiará temporalmente de nombre por razones de patrocinio. El estadio, escenario de dos finales de Copa del Mundo y símbolo de la memoria futbolística del país, será identificado comercialmente con el nombre de una institución financiera como parte de acuerdos comerciales asociados al torneo.

La tendencia no es nueva. En el norte del país, por ejemplo, el estadio del club Monterrey es conocido oficialmente como Estadio BBVA, en referencia al banco que adquirió los derechos de nombre del recinto. Este tipo de acuerdos, conocidos como naming rights, se han vuelto una fuente importante de financiamiento para clubes, estadios y proyectos deportivos en todo el mundo.

Incluso en el ámbito del entretenimiento sucede lo mismo. En Mérida, el antiguo Coliseo Yucatán cambió su denominación en 2019 para convertirse en el Foro GNP Seguros, tras una alianza comercial con la aseguradora. El recinto, inaugurado en 2014 y con capacidad para más de diez mil personas, es hoy el principal escenario de conciertos y espectáculos en el sureste del país, pero su nombre original quedó relegado por la lógica del patrocinio.

Lo que estos casos revelan es una tendencia cada vez más extendida: el bautizo de los espacios públicos por parte de las marcas. Museos, estadios y centros de espectáculos, lugares que alguna vez representaron memoria colectiva, historia o identidad, pasan a formar parte de la estrategia de posicionamiento de bancos, aseguradoras y corporativos. En el México contemporáneo, parece que los nombres propios comienzan a ceder terreno frente a los nombres comerciales.




