En la región del Puuc, 264 personas apicultoras y meliponicultoras se organizaron para enfrentar los efectos de las sequías, proteger sus colmenas y preservar los conocimientos ancestrales de las comunidades mayas.
En la región biocultural del Puuc, al sur de Yucatán, las abejas desempeñan un papel fundamental para la conservación de la selva, la producción de alimentos y el sustento económico de las comunidades mayas. Sin embargo, las sequías prolongadas, la irregularidad de las lluvias y la disminución de la floración amenazan su supervivencia y ponen en riesgo una actividad transmitida durante generaciones.
Ante este escenario, 264 personas dedicadas a la apicultura y la meliponicultura decidieron organizarse para proteger a las abejas y fortalecer su actividad frente a los efectos del cambio climático.
Con el acompañamiento de la Junta Intermunicipal Biocultural del Puuc (JIBIOPUUC), conformaron la Red de Productoras y Productores Apícolas y Meliponicultoras del Puuc, una iniciativa comunitaria que busca conservar los polinizadores, mejorar las condiciones de producción y preservar los conocimientos tradicionales vinculados con la selva maya.
“Las abejas además de darnos miel nos enseñan a organizarnos, a trabajar en comunidad, a respetar los tiempos de la naturaleza. Sin ellas, perderíamos mucho más que un alimento”, expresó José Góngora, participante de la iniciativa.
Uno de los principales problemas que enfrentan las personas productoras es la alteración de los ciclos naturales. Cuando las lluvias se retrasan o las sequías se prolongan, disminuye la disponibilidad de polen y néctar, lo que provoca que las colonias se debiliten, mueran o abandonen sus colmenas en busca de alimento.
Esta situación no solamente afecta la producción de miel, sino también la economía de las familias que dependen de la apicultura y los procesos de polinización que permiten la reproducción de numerosas especies vegetales.

Una Casa de la Miel para enfrentar las sequías
Como parte de las estrategias de adaptación climática, la red impulsó la creación de la Casa de la Miel, un espacio comunitario ubicado en Santa Elena, Yucatán, que funciona como un banco de reservas de miel, polen y cera para apoyar a las personas productoras durante periodos críticos.
El proyecto forma parte de la iniciativa Redes de apoyo comunitario para la recuperación apícola en la Región Biocultural del Puuc y busca evitar la pérdida de colonias ante fenómenos climáticos extremos, como sequías y huracanes.
Su funcionamiento se basa en un modelo de solidaridad comunitaria: cuando una persona apicultora enfrenta dificultades para alimentar a sus abejas, puede solicitar miel prestada de las reservas disponibles y devolverla durante la siguiente cosecha.
De esta manera, las comunidades cuentan con un mecanismo de apoyo mutuo que les permite responder a las emergencias sin depender exclusivamente de recursos externos.
“Antes veíamos cómo las abejas se iban. Ahora sabemos que podremos sostenerlas, ayudarlas a sobrevivir y mantener nuestra propia supervivencia”, compartió Raúl Emmanuel Magaña Sansores.
Además de funcionar como un espacio de respaldo ante contingencias climáticas, la Casa de la Miel se ha convertido en un punto de encuentro para intercambiar experiencias, fortalecer las capacidades productivas y promover el aprovechamiento sustentable de los recursos de la selva.
Desde este espacio también se impulsa la elaboración y comercialización de productos derivados de la miel, como jabones, bálsamos, velas y propóleo, que llegan a ferias y mercados y representan oportunidades de ingresos para las familias.

Mujeres y jóvenes buscan mantener viva la apicultura maya:
Otro de los objetivos de la red es garantizar que los conocimientos relacionados con el cuidado de las abejas continúen transmitiéndose a las nuevas generaciones.
Para ello, se promueve la participación de mujeres y jóvenes mediante capacitaciones en manejo sustentable de colmenas, actividades educativas y procesos de formación técnica.
También se impulsa la meliponicultura, una práctica ancestral de las comunidades mayas relacionada con la crianza de abejas sin aguijón, entre ellas las meliponas, que tienen una importante función ecológica y cultural en la península de Yucatán.
A través de actividades lúdicas, las juventudes conocen el trabajo que realizan sus familias, la importancia de consumir miel producida localmente y la necesidad de proteger a los polinizadores.
“Queremos que más jóvenes y mujeres participen, porque sin ellos, el futuro de la apicultura está en riesgo”, señaló Yeimi Jemima Estrella Mejía, productora e integrante de JIBIOPUUC, quien también se ha capacitado como técnica apícola.
La participación de las mujeres representa una oportunidad para fortalecer la organización comunitaria y ampliar sus posibilidades de incorporarse a las actividades productivas y a los procesos de toma de decisiones.
Buscan mejores precios para la miel producida en la selva
Además de los desafíos ambientales, las personas apicultoras enfrentan dificultades para comercializar sus productos a precios que reconozcan su trabajo.
La fluctuación del precio de la miel y la dependencia de intermediarios limitan las ganancias de quienes se dedican a esta actividad, pese al esfuerzo que implica mantener las colmenas y producir de manera respetuosa con el entorno.
Para atender esta problemática, la JIBIOPUUC trabaja en procesos de certificación orgánica que permitan acceder a mercados diferenciados y obtener mejores condiciones de comercialización.
Con esta estrategia se busca fortalecer la autonomía económica de las personas productoras, reducir su dependencia de intermediarios y dar mayor valor a la miel que se obtiene mediante prácticas sustentables.
“Nuestra miel es limpia, es pura, es un reflejo de la selva que la produce. No merece ser vendida como cualquier otra”, afirmó José Luis Kauil Briceño, integrante del Comité de Vigilancia Cooperativa y Monitoreo Comunitario de la JIBIOPUUC.
La experiencia de la región del Puuc muestra cómo la organización comunitaria puede convertirse en una herramienta para enfrentar los impactos del cambio climático y, al mismo tiempo, conservar los conocimientos ancestrales de los pueblos mayas.
Para las 264 personas que integran esta red, proteger a las abejas significa mucho más que garantizar la producción de miel: representa una forma de defender la biodiversidad, la economía familiar y una relación con la selva que ha perdurado durante generaciones.




