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Entre hilos, café y amistad: mujeres tejen comunidad en el Centro de Mérida

En Esquina 47, mujeres de distintas edades se reúnen tres veces por semana para aprender crochet, compartir experiencias y crear piezas artesanales. Más allá del tejido, el espacio se ha convertido en un punto de encuentro donde nacen amistades y se fortalecen redes de apoyo.

Por Itzel Chan

Entre madejas de estambre, agujas de crochet y tazas de café, un grupo de mujeres ha encontrado un espacio para compartir mucho más que técnicas de tejido. En el Centro de Mérida, la cafetería Esquina 47 se ha convertido en un punto de encuentro donde mujeres de distintas edades y procedencias se reúnen para aprender, conversar, reír y construir comunidad.

Cada lunes, miércoles y sábado, las mesas de la cafetería se llenan de hilos de colores y proyectos que van desde blusas y bolsos hasta muñecos tejidos, conocidos como amigurumis. Algunas participantes llegan sin conocimientos previos, mientras que otras llevan décadas practicando esta técnica. Sin embargo, todas encuentran algo en común y es el gusto por crear con sus propias manos.

Camila llegó al espacio después de encontrar una publicación en Instagram que invitaba a elaborar una flor tejida para el Día de las Madres. Lo que comenzó como una actividad ocasional terminó convirtiéndose en una experiencia que ahora forma parte de su rutina.

“De ahí me gustó y seguí viniendo. Es una comunidad muy bonita la que se ha formado”, cuenta.

Antes de llegar al club, Camila únicamente había elaborado algunas pulseras, pero nunca había realizado proyectos de crochet de mayor complejidad. Ahora aprende a confeccionar prendas y muñecos, dependiendo de lo que quiera crear.

Para ella, uno de los aspectos más valiosos es la convivencia entre generaciones.

“Hay de todas las edades, desde las más chicas hasta abuelitas. Y pues uno pensaría: ‘Qué aburrido, ¿no? Son señoras’. Pero no, son toda una locura”, comenta entre risas.

Aunque inicialmente descubrió que el tejido también podía convertirse en una oportunidad para elaborar productos y venderlos, actualmente lo disfruta como una actividad personal que le permite relajarse y aprender nuevas habilidades.

Un espacio donde cada puntada construye comunidad

Detrás de esta iniciativa se encuentra Regina, quien comenzó a practicar crochet hace aproximadamente cuatro años, después de participar en una exposición de manualidades donde conoció a Ángel, de Tejiendo con Ángel.

Su primer proyecto fue una bolsa y, posteriormente, creó una marca de bolsos elaborados con trapillo, un material textil utilizado para tejer accesorios y artículos decorativos.

Con el paso del tiempo, comenzó a relacionarse con otras tejedoras y descubrió que alrededor de esta actividad existía una comunidad dispuesta a compartir conocimientos, experiencias y proyectos.

La iniciativa creció hasta convertirse en una tienda de estambres que funciona dentro de la cafetería, donde también se organizan encuentros y talleres.

“Lo que me gusta mucho del tejido es que cada puntada es distinta y cada proyecto es distinto. Que si le estás haciendo la mantita a un bebé que va a nacer, que si te estás haciendo un suéter, que si estás haciendo una bolsa, que si haces tejido para vender”, explica Regina.

Actualmente, el club de tejido reúne habitualmente entre cinco y diez participantes por sesión. Sin embargo, cuando Ángel visita Mérida desde Puebla para realizar encuentros especiales, pueden congregarse hasta 25 o 30 personas, ocupando buena parte de la cafetería.

Las participantes no solamente provienen de distintos puntos de Mérida. Algunas viajan desde comunidades y municipios como Umán.

Para Regina, lo más significativo es que el tejido se ha convertido en un vínculo capaz de reunir a personas que probablemente no se habrían conocido de otra manera.

“Podríamos hablar del tejido todo el día y de verdad no es cansado. Es enorme. Es eso que tenemos como vínculo entre todas y ya de ahí, obviamente, crecen amistades”, comparte.

Además de aprender, las integrantes del club tienen la posibilidad de ofrecer sus creaciones a la venta dentro de la tienda, lo que abre una oportunidad para quienes desean obtener ingresos a partir de sus habilidades.

Tejer para disfrutar el tiempo y crear con libertad

Lucy encontró el club mientras buscaba una actividad para realizar durante su jubilación. Aunque siempre le había interesado el tejido, sus conocimientos eran básicos y quería aprender a elaborar nuevas piezas.

Después de conocer diferentes opciones, decidió integrarse a Esquina 47 porque descubrió que, a diferencia de otros talleres, aquí no existe la obligación de realizar un proyecto específico.

“Eso es lo que me gusta mucho. Aquí te enseñan lo que tú quieres hacer. Que quiero una bolsa, que quiero un chal, que esto. No es algo específico que te digan que tienes que hacer”, explica.

Lucy lleva aproximadamente dos meses asistiendo y asegura que, además de aprender, ha encontrado un ambiente agradable donde puede convivir con otras mujeres.

“La maestra, un amor; Regi igual, su mamá y todas las compañeras que voy conociendo poco a poco. Es un grupo muy bonito”, expresa.

Para Adolfina, quien viaja desde Umán para participar en los encuentros, el tejido representa una forma de aprovechar su tiempo después de la jubilación.

Desde hace años comenzó a elaborar chalecos, gorros y bufandas para sus nietos, así como detalles tejidos para su madre. Actualmente está aprendiendo a confeccionar amigurumis.

“Para mí es como una terapia ocupacional. Me gusta y me distrae y ocupa mi tiempo”, señala.

Aunque trasladarse desde Umán implica tomar transporte y caminar hasta la cafetería, Adolfina procura aprovechar las horas de clase para avanzar en sus proyectos y convivir con sus compañeras.

Las experiencias de Lucy y Adolfina reflejan cómo estos encuentros también ofrecen espacios de socialización y aprendizaje para mujeres jubiladas que buscan desarrollar actividades creativas y mantener vínculos con otras personas.

De una madeja de hilo a una creación propia

Nelly es una de las encargadas de acompañar a las participantes durante sus proyectos. Su acercamiento al crochet comenzó hace más de dos décadas, cuando esperaba el nacimiento de su hijo y decidió aprender a tejer prendas para bebé.

Su primera creación fue un pequeño chaleco. Después llegaron los gorros, suéteres y blusas. Aunque durante un tiempo dejó de practicar, eventualmente retomó esta actividad y actualmente comparte sus conocimientos con otras mujeres.

En el club, Nelly orienta tanto a principiantes como a personas con experiencia que desean desarrollar proyectos más complejos.

Entre las técnicas que se trabajan están el crochet para prendas de vestir, el tejido con trapillo y la elaboración de amigurumis, pequeños muñecos tejidos que pueden representar animales, personas o mascotas.

Para Nelly, una de las mayores satisfacciones es observar cómo un material aparentemente sencillo puede transformarse en un objeto con significado personal.

“Es como descubrir la capacidad que tienes para hacer algo, para verlo terminado. Es emocionante porque a veces cuando empiezas quieres terminar luego, luego para verlo, ver tu creación, ver que de una madeja que no tiene forma, que es una bolita de hilo realmente, a lo que puedes llegar a crear”, relata.

También destaca el valor emocional que pueden adquirir las piezas cuando se elaboran pensando en alguien especial.

“Aunque tú no tengas el muñeco o la pieza o la prenda, como lo hiciste para alguien en específico, es algo que te queda a ti. Y a la persona que se la regales yo pienso que es igual muy significativo, ya que fue tiempo invertido para esa persona”, comparte.

En Esquina 47, el aprendizaje no se limita a seguir instrucciones. Las participantes intercambian consejos, muestran sus avances, resuelven dudas y encuentran inspiración en los proyectos de sus compañeras.

De esta manera, una bolsa tejida puede motivar a otra mujer a intentar hacer la suya, mientras que una participante con experiencia puede ayudar a quien apenas comienza a aprender sus primeras puntadas.

Un club abierto a todas las edades

El club de tejido de Esquina 47 se realiza los lunes, miércoles y sábados, de 10:00 a 13:00 horas, con un costo de 80 pesos por hora. Las personas interesadas pueden asistir durante el tiempo que deseen dentro de ese horario, independientemente de si tienen conocimientos previos o experiencia en crochet.

El espacio también funciona como una tienda de estambres y materiales para tejido, con una oferta centrada principalmente en productos nacionales y precios accesibles, según explica Regina.

Además, las participantes tienen la oportunidad de exhibir y vender algunas de sus creaciones, lo que permite que sus aprendizajes puedan convertirse también en una actividad productiva.

Pero más allá de las prendas, muñecos y accesorios que surgen de estos encuentros, lo que se construye en las mesas de la cafetería son vínculos entre mujeres de distintas generaciones.

Entre conversaciones, risas y puntadas que a veces deben deshacerse para comenzar de nuevo, las asistentes han encontrado un lugar donde aprender no tiene edad y donde cada proyecto puede convertirse en una oportunidad para compartir.

Más información pueden encontrarla en esquina47Estambres

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