Por: Miguel Cocom
En Paraíso, Tabasco, el sonido nunca se apaga. De día o de noche, siempre está ahí. Es el crepitar de las antorchas industriales que queman gas a unos cuantos metros de la ciudad. Un sonido constante, como si alguien encendiera miles de cerillos al mismo tiempo. Cientos de soles artificiales que ya llevan varios años.
Los habitantes ya se acostumbraron.
Dicen que cuando uno llega por primera vez lo nota de inmediato. Pero con el tiempo el oído aprende a ignorarlo, se vuelve parte natural del paisaje.
Algo parecido ocurre con el olor. Hay días en que el aire arrastra una mezcla de gas, sal y humedad. Vecinos dicen que es azufre, otros que es petróleo. Pero todos coinciden en algo. Viven en una zona donde la energía del país pasa por encima y por debajo de sus casas. Aun así, la vida continúa.

Las lanchas salen al mar cada madrugada. Los restaurantes abren sus puertas. Los pescadores remiendan redes bajo la sombra de los muelles, las ceibas y los manglares.
La pesca sigue siendo el corazón de muchas comunidades.
Álvaro Wilson, presidente de la Sociedad Cooperativa de Producción Pesquera Andrés García, representa a 379 pescadores en la comunidad de El Bellote. Dice que la producción de ostión ya no es la misma de antes, aun así, no han dejado de intentarlo.
“Nosotros vivimos de esto”, explica. “La laguna es el sustento de nuestras familias. Por eso lo que pedimos no es que nos regalen dinero, sino que nos ayuden a recuperar la producción. Si repoblamos la laguna, si cuidamos los bancos de ostión, el pescador puede volver a trabajar”.
Para él, la salida no está en abandonar la pesca, sino en rescatarla. “Si dejamos que la laguna se pierda, se pierde todo”, apunta.

A pesar de la caída en la producción de ostión y las temporadas cada vez más inciertas, los pescadores continúan saliendo al mar. Algunos días regresan con buenas capturas. Otros vuelven con menos de lo esperado.
“La pesca siempre ha sido así”, dice uno de ellos. “Hay días buenos y días malos”.
El derrame de petróleo que se extendió por el Golfo de México ha añadido una nueva capa de incertidumbre.
Aunque la contaminación no ha golpeado por igual a todas las comunidades, el miedo de los consumidores ha reducido las ventas de pescado y marisco en varios puntos de la costa tabasqueña.
Para muchos pescadores, el impacto más fuerte no ha sido lo que encontraron en el agua, sino lo que dejaron de vender en tierra.

En medio de esa incertidumbre, la información oficial tardó en llegar. Días después de que comenzaran a circular imágenes del derrame y versiones alarmistas en redes sociales, autoridades federales aseguraron que las playas de la región no presentaban niveles de contaminación que representaran un riesgo sanitario para los visitantes.
Sin embargo, el mensaje llegó tarde y en un lenguaje técnico que pocos entendieron. Para entonces, en redes sociales ya circulaban rumores sobre playas contaminadas y mariscos peligrosos. El daño estaba hecho: en plena temporada previa a Semana Santa, cuando el turismo suele aumentar en Paraíso y sus comunidades costeras, varios restaurantes y cooperativas reportaron una caída en visitantes y ventas
Miguel Ángel Carrillo lo explica desde su congelador lleno de pescado. Durante la Cuaresma, cuando normalmente aumenta la venta de mariscos, el movimiento cayó de forma abrupta. La gente empezó a pensar que todo lo que salía del mar estaba contaminado.
“Cuando debería venderse todo, apenas se vende una parte”, dice. “Pero aquí seguimos. El mar nos ha dado de comer siempre”. Carrillo reconoce que el miedo de los consumidores golpeó fuerte a los pescadores.

Entre esas manos que sostienen la actividad pesquera están también las de las desconchadoras de ostión.
En la cooperativa pesquera, cada mañana se reúnen mujeres como Rosalinda Montejo y Adriana Wilson, que después de atender sus casas llegan a abrir uno por uno los ostiones que traen las lanchas. El trabajo es repetitivo y lento: separar la concha, rescatar el molusco, acomodarlo en recipientes con hielo. A veces también acompañan a sus esposos al mar cuando salen por liseta, pargo o robalo.
Ellas también han visto cómo el mar cambia.
Dicen que antes el ostión salía con más facilidad y en mayores cantidades. Hoy hay días en que el trabajo se alarga porque el producto es menor. Aun así, siguen llegando cada mañana.
“No nos queda otra más que seguir”, dice Rosalinda.
Cuando la pesca baja o las ventas se detienen, las mujeres del pueblo se organizan entre ellas. Se prestan arroz, frijol o fideos para completar la comida del día y ayudan a las familias que atraviesan semanas difíciles.
Es una red silenciosa que sostiene a muchas casas cuando el mar deja de dar. “Es el pueblo. Aquí todos nos conocemos y nos apoyamos”.

Desde la cooperativa se alcanzan a ver, a lo lejos, las antorchas industriales que queman gas día y noche.
La resiliencia no es una palabra que usen mucho aquí. Pero es exactamente lo que hacen todos los días.
Muchos habitantes de Paraíso reconocen que viven en una zona vulnerable.
Rufino Lara, socio de la cooperativa Andrés García, dice que los pescadores de la zona están acostumbrados a convivir con ese tipo de riesgos.
Los derrames, explica, no siempre llegan directamente a las lagunas, pero aun así terminan afectando a la comunidad porque los mercados se cierran y los compradores dejan de llegar.
“El problema es que se para todo”, dice. “Los restaurantes dejan de comprar, el turismo baja y entonces el productor se queda con el producto en la mano”.
Pero en medio de esa resistencia cotidiana, muchos pescadores coinciden en algo: necesitan que las autoridades escuchen y actúen.
Dicen que no importa el partido ni el color del gobierno. Lo que piden es que los funcionarios regresen después de las campañas y no solo para tomar nota de las peticiones.
“Que vengan a ver cómo vivimos”, dicen algunos pescadores en los muelles. “No solo a apuntar lo que necesitamos, sino a ayudarnos a resolverlo”.

En una región donde la pesca, el turismo y la industria petrolera conviven a pocos kilómetros de distancia, la comunidad espera algo más que promesas. Necesitan soluciones que permitan seguir viviendo frente al mar.
Más de 200 madres y padres de familia han pedido al gobierno federal la reubicación de dos escuelas públicas que colindan con las instalaciones petroleras: el jardín de niños Agustín Melgar y la primaria Abías Domínguez Alejandro. Las familias aseguran que los planteles están prácticamente “barda con barda” con la refinería, lo que expone diariamente a niñas y niños a ruidos constantes, olores a gas y emisiones industriales.
Las familias también han solicitado la implementación de protocolos de protección civil, pues temen que un incidente mayor pueda poner en riesgo a estudiantes y docentes. De acuerdo con su denuncia, llevan años pidiendo una solución sin obtener una respuesta definitiva de las autoridades educativas. Mientras tanto, las clases continúan a pocos metros de instalaciones consideradas de alto riesgo industrial.
“Es una bomba de tiempo”, señala una madre de familia.

“Todo Paraíso es una bomba de tiempo”, dice también un pescador.
No lo dice con dramatismo. Lo dice como quien describe algo que ya forma parte del paisaje. Y, aun así, al día siguiente vuelve al mar.
En Puerto Ceiba, algunos restaurantes siguen preparando pescado frito y ostiones para los pocos visitantes que llegan. En El Bellote, los lancheros siguen ofreciendo recorridos por la laguna. En Barra de Tupilco, los pescadores siguen saliendo al mar antes del amanecer.
La vida sigue moviéndose al ritmo del agua.
Quizá porque en esta parte del Golfo la gente aprendió hace mucho tiempo que el mar nunca es completamente predecible.
Puede dar sustento durante años. Puede cambiar de un día para otro. Puede traer tormentas, derrames o temporadas malas.
La pesca, dicen, no es solo un trabajo. Es una forma de vida.

Por eso, aun cuando muchos reconocen los riesgos, nadie parece dispuesto a abandonar el mar.
Y mientras el mar siga frente a ellos, seguirán intentándolo.
Porque en Paraíso, incluso cuando todo parece incierto, la comunidad sigue encontrando maneras de salir adelante.




