Por Itzel Chan
Llevo semanas siguiendo el chisme. Me encanta el chisme, incluso me divierte y así como medio Tabasco, he visto lives, capturas de pantalla, videos, comentarios de Facebook y hasta discusiones familiares sobre el caso de Arleth y Alfredo El Pulpo y sus Teclados.
He leído opiniones de señoras, de señores, de personas jóvenes, de hombres que se sienten expertos en relaciones de pareja y de personas que como yo, llegaron por el chisme nomás.
Pero como de repente me gusta detenerme en temas sin importancia, quise escribir un par de cosillas:
A ver, reconozco que mi madre santa Arleth canta “feo”. Feo en el sentido que conocemos a personas muy talentosas en la industria, con voces como Rocío Durcal, Chavela Vargas, Lucha Villa, etc. Es obvio que Arleth no es ninguna de ellas.
Cuando ella por fin se atreve a cantar, le llueven cientos de comentarios diciendo que no tiene talento, que alguien le quite el micrófono, que da pena ajena. Sin embargo, les confieso que en lo personal me da gusto. No porque crea que tiene una voz extraordinaria sino que contra todo pronóstico haga las cosas y las haga por ella, no para agradar a nadie.
Me parece algo bastante humano alegrarnos al ver a una persona intentar cumplir un sueño.

Pienso en cuántas veces la vimos acompañando a alguien más, bailando para alguien más y formando parte de la historia de alguien más.
Más allá de que cumpla su sueño o no, tardé varios días en darme cuenta de que la situación “Pulpo-Arleth” tiene un trasfondo violentísimo.
Una noche estaba comentando el tema con mi amiga Érika Montejo. Nos reíamos de los videos, de los memes, de las ocurrencias de los chocos.

Hasta que pasamos del “ji ji ji…ja ja ja” a algo más turbio, incluso hasta serio.
Entre los cientos de videos, hay uno en el que se ve a una mujer hablando públicamente sobre el miedo, sobre amenazas y el riesgo que enfrentan muchas mujeres cuando deciden separarse de una pareja. Sobre la posibilidad de que algo les ocurra simplemente por poner límites.
“Muchas mujeres son asesinadas por poner límites, por separarse y seguir haciendo su vida. No quiero ser una más porque el señor tiene armas y tiene amigos (dando a entender que son narcos), si algo me pasa lo responsabilizo”, dice Arleth en un video.
Pienso, o dije yo entre mí como decimos los tabasqueños, que de pronto el chisme ya no parecía tan gracioso porque entonces salen a la luz comportamientos de dinámicas bastante violentas desde el control, vigilancia y diferencia de poder.

Esto sumado a que una mujer puede ser admirada mientras permanezca en el lugar que se le asignó, pero se convierte en un problema cuando intenta salirse de ese esquema.
Y no fue lo único. En medio de toda esta historia también ocurrió algo que me pareció gravísimo y fue la circulación de un video íntimo atribuido a otra de las mujeres involucradas en este «chisme».
Aquí faltaba recordar algo importante: la difusión de material íntimo sin consentimiento no es chisme ni entretenimiento; es una forma de violencia digital reconocida por la Ley Olimpia. Y quizá eso fue lo que más me brincó, que parecíamos más preocupados por quién engañó a quién o quién canta peor, que por el hecho de que una mujer estaba siendo expuesta públicamente en una situación de enorme vulnerabilidad.
Regresando al tema de Arleth, la gente parecía estar más molesta porque canta mal que porque el Pulpo replica violencia con otras jóvenes.
Y eso me hizo pensar que un hombre varias décadas mayor puede aparecer en redes rodeado de mujeres mucho más jóvenes y gran parte de la conversación lo toma como algo normal. Los hombres enloquecen y ven esta figura como “meta”, con un comportamiento admirable y como una aspiración-inspiración.
Pero una mujer intenta construir una carrera propia, entonces se expone, fracasa públicamente, desafina frente a miles de personas y rapidísimo aparecen los juicios sobre ella, su cuerpo, su edad, sus decisiones y entendí que quizá la historia nunca se trató de cómo canta.
Sobre las mujeres jóvenes con las que convive El Pulpo hay quienes dicen: ellas saben perfectamente lo que hacen. Que nadie las obliga y lo disfrutan.

Leer comentarios como estos me enervan porque es como si el poder no existiera y si la diferencia de edad no importara.
Me ponen bien triste los comentarios de hombres y sobre todo de mujeres que seguramente aprendieron a sobrevivir dentro de esas reglas y ahora las defienden porque es lo que conocen.
Por eso el caso de Arleth terminó interesándome mucho más de lo que esperaba y aclaro, no es una heroína sino de repente nos permite asomarnos a una realidad del pensamiento tabasqueño, donde se siguen normalizando cosas y el machismo se disfraza de humor.




