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El camino del arte que salva vidas

Por Diana Mijangos

Fotos: Diana Mijangos

¿Qué pasa cuando aquello que nos gusta es lo mismo que nos destruye? De pronto todo lo que amas se vuelve una carga, el «tener que» hacer las cosas vuelve un lastre lo que antes te permitió emprender el vuelo. ¿Entonces? ¿Qué hacer?

Para el maestro Keisdo Shimabukuro el viaje fue un poco como el de todos. Una cosa lleva a la otra y terminas en un camino extraño que, si bien amas, también se vuelve muy pesado. Cansado de las malas noticias, llegó al arte, en este caso, un arte japonés surgido hace casi dos siglos llamado Gyotaku.

Yo no tenía idea de qué era eso hasta que lo vi publicado en el Instagram del Museo de Historia Natural; en el post se hablaba de la exposición y de un taller con el artista. Investigué de qué iba y quedé fascinada. Claro que quería ir. Me apunté y, lo mejor, ¡quedé! Y ya solamente esperaba con ansias la fecha.

El día tan esperado del taller el patio del Museo de Historia Natural y Cultura Ambiental (MHNCA) de la Ciudad de México olía a mojarra, y el profe nos recibió con la noticia de que debíamos tomar una tilapia con las manos. Realmente me sorprendí, porque es algo que siempre evito, tocar el pescado con las manos, y esta vez tenía que embarrarme por completo.

Una vez que todos teníamos nuestra tilapia, Keisdo explicó el procedimiento, la historia y el valor de la práctica del gyotaku. Pero, además, habló de cómo este arte también era una forma de mostrar respeto a la naturaleza; habló de la importancia de los pescadores y de «pasar la voz» sobre la diversidad y su cuidado.

Explicó con una enorme paciencia cómo usar la tinta, que en este caso fue de calamar; así como las partes de este cíclido (y nos explicó lo que es), cómo tomarlo para no dañar el ejemplar y tener que desecharlo, sino que se pudiera usar para comer después. Y contó que es algo que hacen con los pescadores de las comunidades que visitan (él y su equipo), hablan sobre los gyotakus, su utilidad, un poco de su historia, el procedimiento y, una vez terminados los gyotakus de las especies de la localidad, proceden a compartir esos alimentos.

Nos contó también que muchas veces los pescadores japoneses tomaban al ejemplar vivo, hacían la impresión y luego lo devolvían al mar, lo que también se me hizo sumamente interesante.

Yo, después de varios intentos que considero fallidos, me acerqué al profe para entrevistarlo. Y fue cuando me contó que, cansado de tanto y tanto «mal» de la vida cotidiana trabajando con sectores vulnerables, su refugio fue este arte.

Keisdo Shimabukuro, un artista con raíces mexicanas y japonesas, encontró en el gyotaku, una herramienta de divulgación científica y de defensa ambiental.​

“Nosotros hicimos este proyecto que se llama Gyotaku-Do. Do en japonés significa “camino”, pero más que una traducción literal, es una cuestión más metafórica. En realidad, el camino es tu vida, es un sendero, y el Gyotaku es la herramienta a través de la cual estamos con el público, con pescadores, con niños, investigadores, etcétera”, comentó el maestro Keisdo, quien apuntó que este proyecto lleva dos años y medio.

Este proyecto consiste en hacer un registro con esta técnica de todas las especies acuícolas y marinas de México. “Hablamos sobre el perfil de cada una de las especies; pero también procuramos generar reflexiones un poquito más profundas en torno a ellas y los fenómenos que las tienen en riesgo, como el cambio climático, sobrepesca, introducción de especies invasoras, etcétera”.

Además del arte del gyotaku, como tal, el objetivo de Shimabukuro es lanzar un libro al mercado en el que incluyan las impresiones de las especies marinas y hablar sobre el contexto de cada uno de los trabajos y así dar a conocer “qué es lo que está pasando con nuestros pescadores, que al final son los que están en la primera línea de la humanidad, recibiendo el impacto del cambio climático, de la contaminación; ellos también ven las consecuencias de las sobrepesca, el tráfico de especies, etcétera. Y de esto va”, aseguró.

El proyecto Gyotaku-Do lleva talleres para todas las edades a todo el país, se hacen visitas de campo y, claro, para financiar todo esto comercializan estas impresiones.

“Ni me lo vas a creer. Yo, de formación, soy publicista. Después, por azares del destino, terminé trabajando en temas de migración y Derechos Humanos [durante] casi 16 años y entré en un proceso de burnout superfuerte y entonces decidí darle un giro a mi vida; allí descubrí el gyotaku y los empecé a hacer como una forma de irme recuperando y deshacerme de toda la violencia que había atestiguado”, contó al preguntarle cómo llegó a este arte.

Relata que llegó a pasar más de 15 horas y noches de insomnio haciendo gyotakus, hasta que se volvió un pro, y abrió una cuenta de Instagram como una especie de diario de campo en el que documentaba las especies o los viajes que hacía. Hasta que un día lo contactó una persona con el fin de comprar una de sus impresiones, y detrás de ésta, muchas más.

“Y me di cuenta de que esto que iba a ser mi año sabático se podría convertir en estilo de vida”, dijo. “Yo creo que justo por las experiencias previas me pareció que una herramienta tan bonita se quedara nada más en algo estético, era un desperdicio; si lo puedes utilizar para mandar mensajes mucho más profundos, mejor”.

Como cualquier gran proyecto, todo surgió de un accidente. “No es como que yo me lo imaginé así desde el principio”; comentó que, sobre todo, le interesa y le parece de suma importancia integrar la experiencia de los pescadores, investigadores y de las personas en general, para comunicar de una forma más gentil y “aportar un granito de arena, siempre con la esperanza de que los jóvenes y las siguientes generaciones puedan tomar mejores decisiones que las que hemos tomado nosotros como adultos”.

El mensaje va más allá de un registro visual. Cada huella es testimonio de encuentros con pescadores, de narraciones sobre pobreza, migración y sobreexplotación, y de lecciones transmitidas en sus talleres y exposiciones.

El resto es historia y hoy cuenta con una exposición en el Museo de Historia Natural y Cultura Ambiental de la Ciudad de México, en donde hay una muestra increíble con mantarrayas, pejelagartos, entre otras especies nativas de México. Mi favorita fue, naturalmente, la del pejelagarto entre los nenúfares.

Keisdo Shimabukuro da talleres, visita comunidades pesqueras y vive haciendo esto que lo salvó (creo yo). Porque, sí. El arte salva. Siempre.

Puedes seguir más textos de Diana Mijangos en @dimijangos

Si quieres conocer más sobre este proyecto sigue la cuenta de Instagram @gyotaku_do

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