La devastación de Tzemé y el avance de Crío sobre la historia de Kinchil
Por Ventanas Rotas
I. A 300 metros de la historia
El camino que lleva a las ruinas de Tzemé ya no huele a tierra mojada, sino a estiércol. Entre montones de piedra recién triturada, los miembros del Consejo Comunitario de Kinchil encontraron la escena que temían: una retroexcavadora aplanando la selva, el sello del INAH colgado de una cinta plástica, y el rugido constante de los motores borrando el canto de los pájaros.
“Ahí estaban, rompiendo piedras y rellenando, con el sello a un lado. No les importó nada. Ni la historia, ni la ley, ni la selva», recuerda Federico May, integrante del Consejo.
Apenas tres semanas antes, el 17 de octubre, el Consejo había presentado una denuncia formal ante el Instituto Nacional de Antropología e Historia por la destrucción de vestigios arqueológicos a escasos 300 metros de la pirámide principal de Tzemé. Pero las máquinas nunca se detuvieron.
La empresa Crío, una de las mayores productoras de pollo del país, abría camino para construir nuevas naves en un terreno de 1 300 hectáreas. En los mapas del INAH, el área figura como zona arqueológica potencial; en los mapas empresariales, como terreno productivo. Entre ambos planos, la historia fue borrada con un trazo de maquinaria pesada.
II. La ciudad perdida de Tzemé
Mucho antes de que el suelo se cubriera de estiércol y concreto, Tzemé fue una capital regional del occidente de Yucatán. Según los arqueólogos, llegó a tener más de diez mil habitantes, con un sistema de comercio que alcanzaba la ría de Celestún y las regiones de Campeche y Tabasco.
Las crónicas locales hablan de una ciudad de tres pirámides principales, pozos de agua cuadrangulares y plataformas ceremoniales que aún emergen bajo el monte.
“En la parte del medio había dos pirámides pequeñas, de tres o cuatro metros. Las destruyeron completamente. Y al lado, un pozo maya, de los que hacían cuadrados, lo taparon también. Intentaron botar las pirámides con las orugas, pero no pudieron. Les echaron piedras encima, las deformaron, pero todavía se ve la forma», narra Federico.
Tzemé fue, en tiempos antiguos, una ciudad rival de Oxkintok y cercana a la esfera de influencia de los señoríos de Campeche. Hoy, ese territorio milenario forma parte de un corredor agroindustrial donde el cemento y el estiércol avanzan sobre la historia.

III. El sello que nadie respeta
El INAH acudió, según cálculos del Consejo, alrededor del 28 de octubre. Colocaron sellos de clausura. Pero 10 días después, el ruido de las máquinas volvió a escucharse entre la vegetación devastada.
“Fuimos a constatarlo y ahí estaban: las máquinas, el polvo, los camiones de Crío entrando y saliendo. Cuando nos vieron llegar, avisaron, y enseguida llegó la policía municipal junto con personal de la empresa», dice Federico.
Los comunitarios grabaron el encuentro. En los videos se observa a los agentes argumentando que acudían por una denuncia de robo de alimento y de pollos, mientras detrás de ellos las excavadoras seguían su trabajo.
“El sello estaba ahí, y ellos aplanando piedras. La policía no hizo valer nada; más bien parecía que nos querían intimidar, como si nosotros fuéramos los delincuentes”, agregó.
Hasta el cierre de este reportaje, Crío no ha emitido una respuesta pública. De manera extraoficial, fuentes del INAH confirmaron que el procedimiento administrativo sigue abierto. No se tiene certeza de si la empresa detuvo completamente la obra o continúa trabajando en otras secciones del terreno.

IV. Selva, estiércol y silencio
La devastación no es sólo arqueológica. El terreno afectado forma parte de una selva baja caducifolia inundable, donde el agua subterránea se encuentra a menos de dos metros de profundidad. Es hogar de aves, reptiles y pequeños mamíferos que hoy se refugian entre montones de piedra.
“Lo triste es que el daño ya está hecho. Son seis hectáreas de selva muerta y un camino nuevo que atraviesa el monte”, lamenta el activista.
A la pérdida ambiental se suma el riesgo sanitario. Cada módulo avícola puede albergar miles de aves y producir toneladas diarias de desechos. Los habitantes temen que el estiércol termine filtrándose al subsuelo o esparcido en potreros cercanos, contaminando el agua y el aire.
Félix Antonio Canul Canul, campesino de Kinchil, afirma que las nuevas naves también invadieron tierras familiares. “Tumban el alambre, meten sus máquinas, y el olor ya llega a los apiarios. Las abejas se mueren o se van, y eso nos deja sin miel”, dijo.
V. La historia aniquilada
A 300 metros de la pirámide principal de Tzemé, el Consejo Comunitario observa los montículos deformes donde antes se alzaban las plataformas mayas. La tierra, ahora revuelta con cascajo y estiércol, guarda los restos de una historia que ya no podrá excavarse.
“Lo que aniquilaron fue lo que se pudo haber aprendido de esas piedras, de esos pozos, ya se perdió para siempre”, expuso.
La denuncia ante el INAH es solo el primer paso porque el Consejo evalúa presentar nuevas querellas ante la Profepa y la Semarnat por los delitos de ecocidio y daño al patrimonio cultural, con el objetivo de que la empresa repare, en lo posible, lo destruido.
Las personas que habitan en la comunidad denuncian que para este tipo de construcciones no se les realizan consultas para saber si están de acuerdo con nuevos proyectos, lo cual sería importante.




