Por Itzel Chan
Desde 2007, Desarrollo Rural y Medio Ambiente A.C. (DERMAC) camina junto a comunidades del sur de México dejando claro que no hay conservación posible si no se mejora, al mismo tiempo, la vida de quienes habitan el territorio.
Sus primeros pasos estuvieron ligados al monitoreo de biodiversidad en áreas naturales protegidas y a la construcción de planes de manejo forestal comunitario, donde el bosque se cuida profundamente.
Diez años después, en 2017, DERMAC decidió volver la mirada hacia un cultivo que parecía condenado al abandono: el cacao. Así nació el proyecto “Cacao, gente, biodiversidad y mercados”, una apuesta por rescatar los cacaotales bajo sombra en el Soconusco, al sur de Chiapas, integrando producción, restauración ecológica y valor agregado.
“Huellas del Cacao es un emprendimiento que busca mejorar los ingresos de las y los productores y, al mismo tiempo, recuperar el ecosistema. Algo clave ha sido la inclusión de jóvenes y personas adultas mayores; esa mezcla de generaciones nos ha permitido fortalecer el proyecto”, explica Montserrat Villafuerte.

El cacao como refugio y como escuela
Para quienes forman parte de DERMAC, el cacao es mucho más que una mercancía. Es un hábitat vivo. Bajo su sombra crecen especies forestales nativas, se protegen los suelos y se cuidan los cuerpos de agua. Los cacaotales funcionan como refugio para aves como el loro nuca amarilla y para especies sensibles como la ranita de cristal. Allí donde antes avanzaba el potrero, hoy existe un pequeño santuario de biodiversidad.
En cada parcela se aprenden saberes que indican cuándo cortar la mazorca, cómo fermentar el grano, cómo reconocer los aromas que definen su calidad. Ese conocimiento, afinado con acompañamiento técnico, logra mejores precios.
El proyecto ha logrado conservar más de 600 hectáreas de cacao bajo sombra en una región donde la presión para convertir los cacaotales en potreros era constante. Además, se han reforestado 360 hectáreas y reconvertido 80 hectáreas de pastizales, palma africana o mango hacia sistemas agroforestales con cacao.

Detrás de estas cifras hay jornadas largas, seguimiento continuo y una red de más de 40 promotores comunitarios que conocen cada parcela como si fuera una extensión de su propio cuerpo.
“Con que un productor diga: ‘Mi cacao vale más, no se lo puedo vender a ese precio’, sentimos que algo cambió. No solo en su ingreso, sino en la forma de mirar su trabajo”, comparte Luis Villafuerte, director de DERMAC.
Uno de los logros más significativos ha sido la creación de una cooperativa comunitaria que hoy provee cacao fermentado a 25 chocolaterías artesanales en distintas regiones del país. Es un proyecto vivo, sostenido en gran medida por jóvenes que asumieron responsabilidades de administración, contabilidad, producción y comercialización.

“Muchos llegamos como voluntarios, sin experiencia. Aprendimos haciendo. Me quedé porque aquí encontré un sentido, porque creo que se puede cambiar el paisaje si hay voluntad y constancia”, cuenta Antonio Pérez, quien hoy capacita a productores en prácticas de cosecha y reforestación.
Con esa misma lógica, el proyecto ha integrado a pasantes universitarios, técnicos rurales y jóvenes de comunidades cercanas, demostrando que el cacao también puede ser una vía para arraigar a las nuevas generaciones. Mantener los cacaotales implica cuidar el entorno completo: introducir especies maderables, fortalecer viveros forestales comunitarios y entender que la producción depende del equilibrio climático.
Fotos tomadas de: DERMAC




