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El arboreto de Cholul: guardar la memoria a través de los frutos

Por Miguel Cocom

En el costado de la iglesia de San Pedro Cholul, un templo del siglo XVII que ha visto pasar generaciones, crece hoy un proyecto que recupera árboles y memorias. El Arboreto de Frutales Mayas de Cholul es un espacio vivo donde la comunidad ha decidido plantar futuro con más de 500 ejemplares de frutales nativos que alguna vez fueron parte cotidiana de los solares yucatecos y que hoy, en muchos casos, sólo sobreviven en el recuerdo.

“Hace 35 años, todos estos árboles estaban en los patios”, recuerda John Ehrenberg Enríquez, médico y especialista en enfermedades transmisibles, quien junto con su esposa, la psicóloga y ambientalista Perla Coll, comenzó este rescate mucho antes de que el arboreto existiera como tal. “En los últimos 30 años se fueron perdiendo. No sólo en la naturaleza, sino en la memoria de las nuevas generaciones”.

La desaparición no fue casual. Con la apertura comercial y la llegada masiva de frutas importadas como manzanas, peras, uvas, los frutales mayas fueron desplazados del consumo cotidiano. Zapotes, caimitos, ta’uch, wayas y muchos otros dejaron de sembrarse. “No es que se extinguieran del todo, pero dejaron de ser parte de lo que la gente reconoce, nombra y consume” dice Ehrenberg.

En 2018, un grupo de vecinos decidió actuar. Plantaron el primer árbol, un chicozapote, en el parque central de Cholul. Desde entonces, el proyecto ha crecido gracias al trabajo constante de alrededor de 70 voluntarias y voluntarios, con apoyo del Ayuntamiento de Mérida, la comisaría y la parroquia local. El arboreto alberga árboles y también forma parte de la Cruzada Forestal, con más de 350 maculís, anacahuites y balchés sembrados en la entrada de la comisaría.

El cuidado no termina con la siembra porque los mismos vecinos riegan, limpian, reponen árboles muertos y retiran residuos que dañan el suelo. “A veces se limpia, pero no se sacan los plásticos, las tapas, y eso se va quedando en la tierra. También hay que cuidar eso”, explica Ehrenberg mientras señala el trabajo cotidiano, muchas veces invisible, que sostiene el proyecto.

Más allá del espacio físico, el arboreto ha empezado a replicarse y ya existen iniciativas similares en fraccionamientos como Las Américas, en parques urbanos y en comunidades cercanas. La idea es clara: crear una red de frutales mayas, una red viva que devuelva estos árboles al paisaje y al plato.

El proyecto está documentado en el libro Arboreto Cholul. Rescate de los frutales mayas olvidados, que recoge los nombres de las especies, su valor nutricional, cultural y ambiental, y coloca esta experiencia comunitaria como un ejemplo de conservación basada en la acción local. Pero más allá de las páginas, el arboreto sigue creciendo a ras de suelo, con manos que siembran, riegan y recuerdan.

En Cholul, los frutales mayas vuelven a florecer como piezas de museo y como lo que siempre fueron: árboles útiles, generosos y profundamente ligados a la vida comunitaria. Porque conservar también es no olvidar.

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