Por: Miguel Cocom
En la NFL, perder es casi siempre visto como un fracaso. Sin embargo, en una liga diseñada para premiar la renovación, draft alto, reinicio de contratos, cambios de liderazgo, perder también puede ser una herramienta. A veces, incluso, una condición necesaria para volver a ganar. En ese ecosistema, la estabilidad absoluta puede ser virtud o condena. Ese es hoy el dilema de los Pittsburgh Steelers.
Desde que ganaron el Super Bowl XLIII en febrero de 2009, los Steelers no han vuelto al gran escenario. Y, aun así, durante casi veinte años construyeron una de las rachas más impresionantes de la NFL moderna: ninguna temporada con récord perdedor. Temporadas de 9-8, 10-7, 12-4 o 13-3 se acumularon bajo una misma lógica: competir siempre, caer poco, mantenerse relevantes. El problema es que esa constancia terminó volviéndose circular. Porque, en paralelo, Pittsburgh acumuló nueve años consecutivos, de 2016 a la fecha, sin ganar un solo partido de playoffs. Clasifican, ilusionan, compiten… y se despiden rápido. Año tras año. Nunca caen lo suficiente como para reconstruirse a fondo. Nunca suben lo suficiente como para ser campeones.

Desde aquel último título, la NFL siguió avanzando y cambiando de manos. La lista de campeones es larga y diversa: New Orleans Saints en 2010, Green Bay Packers en 2011, New York Giants en 2012, Baltimore Ravens en 2013, Seattle Seahawks en 2014, New England Patriots en 2015, Denver Broncos en 2016, Patriots de nuevo en 2017, Philadelphia Eagles en 2018, Patriots otra vez en 2019, Kansas City Chiefs en 2020, Tampa Bay Buccaneers en 2021, Los Angeles Rams en 2022, Chiefs en 2023 y 2024, y finalmente Philadelphia Eagles en 2025. No hubo tricampeonatos consecutivos. Lo que sí hubo fueron ciclos completos, con caídas incluidas.

Lo verdaderamente interesante no es solo quiénes ganaron, sino cómo llegaron ahí. Casi todos esos campeones atravesaron momentos incómodos antes de levantar el trofeo. Filadelfia es quizá el ejemplo más claro. Tras ganar el Super Bowl LII, los Philadelphia Eagles tocaron fondo en 2020 con una temporada 4-11-1. Fue un desastre… y una decisión. Despidieron a Doug Pederson, soltaron a Carson Wentz y apostaron por Jalen Hurts cuando muchos dudaban. El resultado fue un equipo joven, físico y con identidad clara. Cinco años después de caer al fondo, volvieron a ser campeones.
Algo similar ocurrió con los Kansas City Chiefs. En 2012 terminaron con marca de 2-14. Aquella caída permitió un giro total: llegó Andy Reid, se redefinió la organización y, años después, subieron posiciones en el draft para elegir a Patrick Mahomes. Desde entonces, Kansas City se convirtió en la referencia de la liga: múltiples Super Bowls, dominio sostenido y un modelo moderno de construcción. Sin aquel 2-14, Mahomes probablemente nunca habría llegado.

Los Tampa Bay Buccaneers ofrecen otro ejemplo contundente. Venían de un 7-9 y fuera de playoffs. Esa temporada perdedora abrió la puerta a una apuesta agresiva: Tom Brady, refuerzos defensivos y mentalidad de “todo o nada”. Un año después, campeones. En la NFL, pocos casos muestran con tanta claridad cómo una mala temporada, bien leída, puede acelerar el éxito.
Los Angeles Rams eligieron un camino aún más extremo. Aceptaron vivir al límite. Años malos les dieron piezas como Aaron Donald; años agresivos les dieron un campeonato. Prefirió un título real a diez temporadas “correctas”. Saints, Packers, Seahawks y Broncos compartieron ese mismo patrón: temporadas con récord perdedor, cambios de entrenador o quarterback, picks altos de draft y, después, campeonatos. Ninguno llegó a la cima sin ensuciarse antes.

Pittsburgh eligió otro camino. Nunca caer. Nunca resetear. Nunca romper el molde. Eso significó selecciones medias en el draft, transiciones incompletas en la posición de quarterback y plantillas competitivas, pero no dominantes. Tras el retiro de Ben Roethlisberger, la franquicia siguió intentando ganar “lo suficiente”. Y ese “suficiente” terminó siendo su techo. Finalmente, tras otra eliminación temprana y otra temporada ganadora sin premio, la organización cerró una era: Mike Tomlin fuera. No por perder demasiado, sino por no avanzar nunca.
En la NFL moderna, no caer nunca puede ser más peligroso que caer a tiempo. Los campeones recientes lo entendieron. Los Steelers están apenas por descubrirlo. Porque, a veces, para volver a ganar de verdad, hay que aceptar perder primero.




