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Huaches en lancha, pescadores fuereños en Yucatán

Por: Miguel Cocom

Un huach afina el motor de la lancha mientras el amanecer asoma en el horizonte del puerto. A unos metros, otro hombre revisa las redes y bromea con un acento distinto. En Yucatán, el término “huach” se usa coloquialmente para referirse a los foráneos, a quienes no son originarios de la región.

Esa mañana, en la embarcación se mezclan acentos de varios rincones de México: uno es veracruzano, otro campechano, junto a un tabasqueño y un quintanarroense, todos listos para zarpar juntos. La escena refleja dos realidades que conviven en la costa yucateca. Los fuereños son parte del día a día de la pesca local y cargan con la fama de ser protagonistas de la pesca furtiva.

La pesca furtiva y la figura del “villano” foráneo

En los últimos años ha crecido la tensión en comunidades pesqueras de Yucatán por la pesca ilegal. Las miradas apuntan a los llamados pescadores fuereños. “Son ellos los que depredan”, sostienen muchos ribereños locales al ver lanchas desconocidas en sus costas. En septiembre de 2024, por ejemplo, pescadores de Santa Clara y Dzilam de Bravo decidieron tomar cartas en el asunto: dieron un ultimátum de 24 horas para que buzos foráneos abandonaran sus puertos, acusándolos de extraer pulpo con métodos ilícitos. Según denunciaron, la mayoría de esos buzos provenían de Campeche y Tabasco, y utilizaban cloro y otros químicos para sacar a los moluscos de sus cuevas. Este método depredador está prohibido por las leyes federales, pero los huaches parecían ignorarlo, poniendo en jaque la sustentabilidad de la especie y la economía local.

La tensión no se limitó a esos puertos. En otros lugares costeros como Celestún, los pescadores yucatecos instalaron retenes improvisados para evitar la entrada de personas de otros estados. “Calculamos que hay al menos cinco mil pescadores furtivos en el estado”, advierte José Luis Carrillo Galaz, presidente de la Confederación Mexicana de Cooperativas Pesqueras y Acuícolas, quien señala también que muchos arriban al estado y no respetan vedas ni tallas mínimas de captura. Los conflictos han escalado al punto de amagos de violencia: “Si en 24 horas no se van, los sacaremos nosotros”, fue la advertencia colectiva.

No es casualidad que la molestia local se centre en ciertos estados vecinos. Campeche, Tabasco y Veracruz suelen aparecer en las conversaciones cuando se habla de lanchas foráneas sospechosas.

Sin embargo, detrás del estereotipo del huach furtivo hay matices. Muchos de esos pescadores provenientes de otros estados no llegan con intención de violar la ley, sino buscando el mismo sustento que los yucatecos. La pesca de pulpo y langosta en Yucatán funciona como un imán de jornaleros del mar, gracias a las ganancias que pueden generar en pocos meses y ante la falta de oportunidades y apoyos en sus propias entidades.

Aquí cobran sentido las palabras de la escritora española María Iglesias, especialista en migraciones y derechos humanos, quien ha reflexionado sobre los desplazamientos internos como parte de una lógica profundamente humana:

“La migración es un impulso inevitable conectado con la esperanza. Hay una necesidad humana. Si donde estás no puedes desarrollar tus potencialidades, buscas la manera. Porque ese es el sentido de la vida”.

En los muelles yucatecos, esa frase se materializa cada temporada.

Llegar para quedarse. Historias desde la lancha

Uno de esos casos es el de un pescador de 69 años, originario de San Francisco de Campeche, quien llegó a Dzilam de Bravo en la década de 1970, cuando el puerto era apenas un puñado de casas frente al mar. Llegó acompañando a su hermano. “Aquí había pesca en abundancia, toneladas”, recuerda. Lo que comenzó como un trabajo temporal se convirtió en un proyecto de vida y al poco tiempo, toda su familia se trasladó al puerto y se estableció definitivamente.

Durante años enfrentaron desconfianza. “Decían que veníamos a depredar”, cuenta. Sin embargo, la comunidad terminó aceptándolos cuando vieron que compartían el producto, que vendían barato o regalaban pescado en la playa. Hoy, más de medio siglo después, sigue saliendo a pescar cuando el cuerpo se lo permite. Sus hijos también son pescadores y su historia es inseparable de la del puerto que lo adoptó. “No todos los fuereños somos el problema”, afirma. “De todo hay, como en todos lados”.

Algo similar ocurrió con un pescador de 68 años, nacido en Hidalgo, quien llegó a Yucatán siendo adolescente, tras la muerte de su padre. Nunca había visto el mar. Venía de una región fría, sin pesca y su única red era el parentesco ya que su abuela materna era yucateca. “Nos costó adaptarnos”, recuerda. “Otra temperatura, otra vida”. Pero llegó en una época de abundancia, cuando en medio día se podía ganar lo suficiente para sostener a la familia.

Con el tiempo, él y sus hermanos se integraron por completo a la pesca ribereña. Se casaron en Yucatán, criaron hijos y echaron raíces. Hoy, ya mayor, combina la pesca ocasional con trabajos de carpintería y fibra de vidrio para sobrevivir. “El pastel ya se dividió”, dice con crudeza. “Somos muchos y ya no es como antes”. Aun así, no se asume como extraño. “Aquí hicimos nuestra vida”.

De Campeche a Zacatecas: un mosaico de pescadores

La presencia foránea en la pesca yucateca es mayor de lo que muchos imaginarían. El padrón estatal registra 12,364 personas dedicadas a la actividad pesquera. De ellas, el 88% nació en Yucatán, pero el resto proviene de 24 entidades federativas.

Después de los yucatecos, los estados con mayor presencia son Campeche, Veracruz, Tabasco y Quintana Roo. También aparecen Chiapas, Oaxaca y Guerrero, pero llaman la atención casos como Zacatecas, Hidalgo y Guanajuato que, aun sin litoral, cuentan con al menos un pescador registrado. El mar llama aunque hayas nacido lejos de sus orillas.

Estas cifras toman cuerpo cuando se desagregan por puerto. En Progreso, el 87% de los pescadores son yucatecos y el 13% nació en otro estado. En Celestún, la proporción es 85-15. En Hunucmá, 91-9. En Río Lagartos, 93-7. En San Felipe, 92-8. En Tizimín, 81-19. Y en Dzilam de Bravo, el dato destaca: 79% nacidos en Yucatán y 21% foráneos, la proporción más alta entre los principales puertos.

Dzilam no sólo es un punto de conflicto, también es un espejo adelantado de un fenómeno más amplio que es la creciente movilidad nacional hacia la costa yucateca.

Más allá del mar: una transformación silenciosa

Esta presencia foránea en los muelles forma parte de un cambio demográfico mayor. El Padrón Electoral de Yucatán también lo confirma. En 2012, había 148,972 personas nacidas fuera del estado inscritas para votar. En 2025, la cifra alcanzó 309,156 personas, un crecimiento del 108% en poco más de una década.

Hoy, el 17% del electorado yucateco nació en otra entidad. Es decir, casi una de cada cinco personas con credencial para votar no es originaria del estado. En la costa, el porcentaje de pescadores foráneos es menor, alrededor del 12%, pero suficiente para transformar la vida comunitaria, los equilibrios laborales y las tensiones sociales.

Este desplazamiento poblacional no ocurre de golpe ni de manera visible. Se filtra en los muelles al amanecer, en las listas de salida de las lanchas, en los cuartos rentados por semana cerca del mar. Muchos de quienes llegan no lo hacen para quedarse, sino para probar suerte por temporadas, siguiendo las vedas, los precios del pulpo o la promesa de un jornal seguro. Con el tiempo, esa presencia intermitente se vuelve permanente. La pesca sigue siendo la misma, pero el entramado social que la rodea ya no lo es.

La convivencia de dos realidades

Las dos realidades coexisten en tensión. Por un lado, la sombra de la pesca furtiva sigue provocando indignación y exige vigilancia y políticas más eficaces. Por otro, la cotidianidad impone la cooperación. En cada temporada, yucatecos y huaches comparten lancha, café de madrugada y el cansancio del regreso.

En altamar, el origen importa poco. La lancha no pregunta de dónde viene cada quien. Al volver al muelle, la palabra huach ya no siempre suena a reproche.

Así, Yucatán va forjando una nueva identidad pesquera. Una donde el fuereño es, al mismo tiempo, sospecha y vecino; conflicto y mano solidaria; riesgo y esperanza. En la proa de esa lancha que se mece con la marea, yucatecos y huaches comparten un mismo horizonte. El mar como destino y como posibilidad de esperanza.

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