Por Itzel Chan
“Fueron otras mujeres quienes me enseñaron cómo trabajar con las abejas y cómo hacer equipo. En muchos lugares no escuchan a las mujeres, pero aquí hemos demostrado que podemos hacer lo mismo que los hombres”, dice Guadalupe Cañas Márquez mientras levanta con cuidado la tapa de una colmena.
En Guaquitepec, municipio de Chilón, el camino hacia los apiarios no es recto ni cómodo. Mujeres y hombres avanzan juntos por senderos empinados, machete en mano, abriéndose paso entre la vegetación húmeda y espesa de las montañas chiapanecas. El aire huele a selva fresca. El canto de las aves se mezcla con el ruido constante de las abejas.
Frente a las cajas de madera, el trabajo no se jerarquiza, mujeres y hombres por igual limpian, revisan, acomodan, cuidan. Las tareas se reparten sin distinción. En ese gesto cotidiano, aparentemente simple, se observa una forma distinta de habitar el campo, de relacionarse con la naturaleza y entre sí.

Para Guadalupe, la apicultura es sustento, también aprendizaje colectivo, es comunidad y una manera de recuperar voz.
Junto a sus compañeras de Sbelal Kuxlejalil, la relación directa con las abejas produce miel de calidad y al mismo tiempo se fortalece el tejido social y la autonomía.
“En nuestras comunidades, las mujeres siempre hemos estado en segundo lugar. Hay machismo en las escuelas, en las clínicas, en todos lados. Pero aquí hemos aprendido que las mujeres también tenemos derecho”, dice Estela Vázquez.
Aquí no es un lugar abstracto.
Aquí son las colmenas, los cafetales, las asambleas donde antes no las dejaban hablar.
Desde esa certeza, Estela ha sido parte de una transformación que hoy reúne a más de 350 mujeres en la producción de café y miel, compartiendo el poder de decisión con los hombres y poniendo la igualdad de género como punto de partida en cada proyecto.
Fundado en 2014, Sbelal Kuxlejalil (“vivir bien” en lengua tseltal) nació en una región donde históricamente la palabra de las mujeres fue minimizada y excluida de las asambleas comunitarias.

Para Estela, el cambio lo nota en la autoestima de las mujeres que ya reconocen sus derechos para decidir.
El grupo impulsa talleres para que las mujeres reconozcan y defiendan sus derechos humanos desde un enfoque de igualdad de género. Esos espacios han comenzado a mover estructuras íntimas en las dinámicas familiares.
Ahora, cuentan, muchas decisiones se toman de forma compartida. Hay hombres que celebran este cambio y caminan junto a ellas, en el campo y en el hogar. Algo que antes parecía impensable.
En pequeñas parcelas rodeadas de montañas cubiertas de neblina, también cultivan café. Diego López Mazariegos, integrante del grupo, explica que el trabajo se organiza desde el vivero hasta la cosecha.
En los patios de las casas, las plantas crecen bajo mallas que las protegen de los animales. Las bolsas de vivero están hechas con hojas de plátano, una decisión concreta para reducir el impacto ambiental.

Durante ocho meses, mujeres y hombres cuidan las plántulas con abonos y bioinsumos, previniendo plagas de manera agroecológica y asegurando cafetales sanos a largo plazo.
Hoy, la comunidad también se prepara para mejorar la comercialización y explorar mercados nacionales y de exportación. Buscan que su café y su miel crucen fronteras, sin perder el sentido de origen.
Más que un proyecto agrícola, Sbelal Kuxlejalil es un movimiento comunitario. En Ch’uchte’el, Victoria, Yaxtelja y San José Los Mangos, las abejas y los cafetales se han vuelto símbolos de resistencia y cuidado.
Fotos tomadas de Sbelal Kuxlejalil




