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Pienso en los abuelos…

Por Itzel Chan

Llevo dos semanas y media soñando con mi abuela y mi abuelo.

Han sido semanas emocionalmente intensas porque al amanecer entiendo que la vida tiene que seguir, y entonces reprimo lo que siento, como si no hubiera tiempo para quedarse ahí, recordando el sueño, pensando y recordando todo lo bonito que viví a su lado…

Amenece. Buenos Días.

La jornada continúa.

Pero…

En los sueños los vuelvo a ver, a mirar exactamente, a tocar, a abrazar, a escuchar sus voces.

Los veo tan claros a los dos, enteros como existen en mi memoria.

He vuelto a ver a mamá Clarita, ella hermosa, fuerte y diciendo sus cosas.

Es curioso, porque no recuerdo un abrazo suyo en la vida que palpamos, pero sí recuerdo sus cejas. Mi rinconcito favorito. Me dejaba acariciarlas, así a contrapelo, y es que oigan, jamás he vuelto a encontrar unas cejas semejantes, así gruesas, chulas, sinceras, rebeldes y profundamente honestas.

Su cocina… La cocina de mamá Clarita…era como una de esas cocinas donde se alimenta a los dioses y nosotros, su familia…o sea creo que éramos como de esos seres a los que las deidades les conceden pequeños pedazos de felicidad, o sea mhh conocimos las dichas de las nubes.

Mi Clara, Clarita, Clarona, cabrona también, uy de un carácter de cuidado igual.

Estoy a punto de cumplir 37 años.

Tuve a mi abuela y a mi abuelo el tiempo suficiente para decirles, mirándolos de frente, cuánto me enseñaron. Cuánto los amé. Y pos de todas formas no lo hice las veces suficientes.

Así que soy de esa banda ridícula que “escribe sobre lo que siente”.

No sería tan sensible si no hubiera sembrado maíz, frijol,  calabaza, la milpa pues…

No sería tan sensible si en mi presencia de infancia no se hubiese sembrado un árbol de caimitos, hoy en día una de mis frutas favoritas. No sería tan sensible si gran parte de mi infancia no la hubiese pasado entre lodo, monte, comales, árboles de cacao, y todo lo demás que ahora extraño.

El tiempo pasa y, de pronto, nos volvemos más egocéntricos. Se nos olvida agradecer. Agradecer a la deidad en la que creamos, a la vida, a las enseñanzas que nos dieron identidad.

Yo creo en el Dios que me enseñó mi Clara. Un Dios que perdona, uno más humano que el que nos vende la Iglesia.

Clara y David no son personajes históricos y que no tienen lugar en libros de esos que todo el mundo lee.

Pero en mi historia me definen.

Mi abuelo David no inició ninguna revolución. Pero fue el hombre que me abrazaba fuerte cuando tenía miedo.

En mi primera relación violenta, a su manera, me dijo: piensa, lo que te hace feliz no te hace daño.

Y antes de morir, a mi amor y a mí nos regaló consejos de vida.

Clara no es una elfa o una de esas que reviven, pero cada que la recuerdo, viene a mí la independencia, autonomía y las muchas ganas de salir adelante.

Voy a cumplir 37 años y pienso más en los abuelos.

Atajo:

Perdón, abuela Pola. Perdón por no amarte como merecías.

No siento culpa por la falta de acercamiento; entre tú y yo podemos hablar de circunstancias. Si las enlistara, no acabaríamos nunca. Pero eso sí: jamás, jamás te portaste mal cuando me viste.

El camino que me llevaba a ti era un viaje largo entre árboles, verde y ríos que, de más grande, pude descifrar e incluso extrañar.

Contigo aprendí a disfrutar de los caldos y a comer pescado asado con el debido respeto.

Gracias por los pocos encuentros y porque siempre sonreíste aún en momentos difíciles.

Pienso en los abuelos porque soy típica.

Típica en la sensibilidad. Y típica casi llegando a lo ridícula.

Y porque, queramos o no, ya nos estamos acercando al bosque de los viejos.

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