Por Itzel Chan
A primera vista, las plantas que crecen en las playas del litoral yucateco podrían parecer simples “hierbas” y hay quienes las arrancan para “limpiar” el terreno, sin saber que al hacerlo eliminan una de las barreras naturales más importantes contra la erosión y los huracanes que es la duna costera.
Desde 2022, mujeres organizadas de las comunidades de Sisal, Chuburná y Telchac Puerto, han concentrado sus labores en restaurar dunas, recuperar especies nativas y cuidar así la vida en la costa.
El Colectivo Las amigas de la duna y el manglar, la cooperativa de mujeres U-Meya Coolelo S.C. de R.L. y el Club de la Tortuga de Telchac Puerto han sembrado más de 25 especies nativas como la mielera (Tournefortia gnaphalodes), la verdolaga (Sesuvium portulacastrum), el tabaquillo (Suriana maritima) y el frijolillo (Canavalia rosea).
Explicaron que algunas germinan en días; otras tardan meses, pero todas cumplen una función vital que consiste en fijar la arena, prevenir la erosión, alimentar polinizadores y ofrecer espacios de anidación para especies como las tortugas marinas.

“Se siembra la semilla y la cuidamos hasta que brota como planta. Nosotras ya vivimos esta experiencia más a fondo y vemos el ciclo de las semillas. Unas llevan tres días, otras una semana, otras hasta diez meses. Esa a la que la gente le llama hierba o monte, para nosotros es duna, es vida”, cuenta Suemy Pool, del Club de la Tortuga.
Arelda Berenice Chay ha visto cómo la destrucción de la vegetación limita los espacios donde estos animales depositan sus huevos. “Las tortugas buscan un árbol, una mata de playa, un montículo de arena. Si eso desaparece, ellas también”, añade.
En Telchac Puerto, el proyecto incluye un vivero comunitario y trabajo puerta a puerta para dialogar con vecinos y desarrollos turísticos.
“Pensábamos que lo difícil iba a ser trabajar con las plantas, pero no… lo más difícil ha sido trabajar con las personas. Que entiendan que la playa no es solo arena blanca, sino un ecosistema vivo”, reconoce Anne Treinen.

En un estado donde el crecimiento inmobiliario avanza sobre la vegetación nativa y sustituye raíces por concreto, esta alianza propone restaurar colectivamente y de esta manera acompañar a niñas y niños a mirar de forma distinta su entorno.
La restauración ecológica también ha sido un proceso de empoderamiento para las mujeres, quienes participan en reforestación, monitoreo y educación ambiental. Desde el territorio, comprueban que la duna no puede seguir siendo invisible.
“Queremos nuestras playas vivas, con plantas, con tortugas, con comunidad”, dice Elías Montañez, voluntario en Telchac.
Las mujres concluyen que son las raíces las de las plantas y las comunitarias las que nos protegen y las que permiten que haya vida en las costas.




