Por Itzel Chan y Miguel Cocom
(Voz: Itzel Chan)
Soy una habitante del mundo que nació en Tabasco. Actualmente vivo en Yucatán.
Desde hace casi 10 años he contagiado a mi pareja del jolgorio choco, del shishero y esas cosas que nos definen bastante bien desde la algarabía.
Nos enteramos de la fecha de la imposición de bandas de las embajadoras (un concurso estatal de “belleza” que toma mucha relevancia entre nuestros paisanos), de los carros alegóricos, vemos las fotos de las chicas participantes y el momento que más nos fascina es el de la Elección de la Flor de Oro.
No podemos estar físicamente, con sinceridad tampoco vemos la transmisión en vivo. Lo que nos fascina es que nuestra vida ajena a la dinámica del territorio es que queda una grabación en Youtube y justo esa es la que vemos porque así adelantamos y no nos chutamos las 5-6-7 horas de evento real.
Ahí es cuando entra la magia a nuestro hogar, escuchamos con atención los discursos y entonces, lo que nos toca como periodistas es cuestionar.

Antes de mostrar los datos que encontramos quiero rememorar un par de asuntos:
Recuerdo ver este evento desde que tengo conciencia de memoria. En la primaria le pedía permiso a mi mamá para desvelarme y ver la elección y es que los vestidos, la pasarela, los brillos uf, a qué niña no emociona, sin embargo, ahora de adulta que dicen ellas: toda niña tabasqueña sueña con este momento, mmhh difiero y mucho en ello.
Recuerdo otro asunto que es constante en todos los eventos: cuando una mujer morena “gana” la flor, dicen que es fraude…a lo mejor porque aunque la mayoría de las personas tabasqueñas somos morenas, al tabasqueño le gusta la “belleza hegemónica”, ajá, ajá y ¿qué es eso? Bueno que les gustan y alaban a las personas de color de piel más blanca.
Hace poco leí una frase en un meme que dice: nos enseñaron a odiar nuestras raíces para que no las defendamos cuando vengan a destruirlas y me duele mucho que eso pase en Tabasco.
Análisis de los discursos de la Flor
(Voz Miguel Cocom)
Llevo más de quince años escribiendo discurso político y, si algo aprendí desde el inicio, una de esas primeras lecciones que no se olvidan, es que un discurso se parece mucho a una rutina de gimnasia rítmica. Hay elementos obligatorios: giros, saltos, desplazamientos por el escenario. Movimientos que no se pueden omitir. Y luego, en medio de esa estructura rígida, hay pequeños espacios para la creatividad, para la interpretación, para la voz propia.
Al escuchar y leer los discursos de las 17 embajadoras de la Flor de Oro Tabasco 2026, es inevitable reconocer esa lógica. Predominan los ejercicios obligatorios. La invocación a Dios, la narrativa del sueño desde la infancia, el llamado a la colectividad, “mi pueblo”, “nuestra gente”, y la apelación constante al orgullo tabasqueño aparecen una y otra vez como pasos coreográficos que todas deben ejecutar.

Y los datos lo confirman: palabras como Tabasco, corazón, tierra, pueblo, Dios y flor dominan el discurso. No es casualidad. Son anclas simbólicas que construyen una identidad emocional compartida. El problema no es que estén presentes, sino que casi nunca se tensionan, no se resignifican, no se actualizan.
Porque hay otro rasgo evidente: estos discursos están anclados en un tiempo abstracto. Un tiempo suspendido. Casi mítico. En ellos no pasa nada del presente inmediato. Resulta llamativo que embajadoras de municipios costeros como Paraíso, Centla o Cárdenas no hayan hecho referencia al reciente derrame petrolero que afectó comunidades del Golfo. El contexto real desaparece.

Solo hay dos excepciones que rompen ligeramente esa inercia: las embajadoras de Centro y Cunduacán, que introducen temas como la violencia digital, la desinformación, la resiliencia, la crítica y la sororidad. Ahí, por momentos, el discurso deja de ser ritual y se acerca a lo contemporáneo.
Otro dato relevante: de las 17 participantes, únicamente la representante de Tacotalpa hace una referencia explícita a los pueblos originarios y reconoce a sus compañeras como parte de una colectividad más amplia. Ese gesto, aunque breve, rompe con la lógica individualista que predomina en el resto de las intervenciones.
Lo que termina emergiendo es una sensación muy clara: el tiempo no pasa. O al menos, no pasa en estos discursos. He visto estos eventos durante años, en buena medida porque vivo con una tabasqueña, y la impresión es que los textos de 2026 se parecen muchísimo a los de hace diez o incluso veinte años. Se agradecen las referencias a Pellicer, las rimas asonantes, las imágenes poéticas. Hay oficio. Hay forma. Pero falta fondo actual.

Y ahí surge una sospecha que no es nueva: muchos de estos discursos parecen escritos desde fuera de la experiencia directa de las embajadoras. Hay una voz que suena homogénea, masculina incluso en su estructura, donde ellas terminan siendo intérpretes más que autoras. Repetidoras de una tradición que no necesariamente les pertenece por completo.
Eso es especialmente relevante si consideramos el alcance que hoy tiene este evento. La transmisión en vivo supera las 90 mil vistas en YouTube y más de 1.4 millones en Facebook, con decenas de miles de comentarios e interacciones. Es una plataforma nacional e incluso internacional. Un escaparate potente.
Y, sin embargo, se utiliza para repetir una narrativa predecible.
Hay otro elemento que vale la pena cuestionar: la idea reiterada de que el sueño de toda niña tabasqueña es convertirse en embajadora o Flor de Oro. Es una frase que aparece con distintas variaciones, pero con el mismo fondo. Y no necesariamente es cierta. Hay niñas que sueñan con ser maestras, médicas, ingenieras, cacaoteras o incluso presidentas. Reducir el horizonte aspiracional a una sola figura también es una forma de limitar el discurso.
En síntesis, lo que vimos este año fue una coreografía bien ejecutada, todas terminaron sus discursos, ninguna se cayó, pero poco arriesgada. Los movimientos estuvieron ahí: Dios, el sueño, el pueblo, la tierra, la flor. Todos en su lugar. Pero faltó improvisación. Faltó presente. Faltó conflicto.




