Por: Miguel Cocom
En la comisaría de San Pedro Chimay, al sur de Mérida, resuena el eco de un deporte ancestral que hoy vuelve a cobrar vida. Se trata del juego de pelota maya, práctica que por siglos fue un ritual cósmico y que ahora, más de un milenio después, une a jóvenes en torno a la identidad y el orgullo cultural.
El equipo local, conocido como To’on U Nuktaló’on —que en lengua maya significa “Los Grandes”—, está conformado por ocho jugadores, entre ellos mujeres que han decidido desafiar estigmas y asumir el reto físico que implica golpear una pelota de más de tres kilos con la cadera. En total, más de 50 jóvenes entrenan en la zona bajo la guía del profesor José Manrique, impulsor de esta práctica desde hace más de una década.
La disciplina no es sencilla. “La pelota pesa tres kilos y medio y deja moretones de hasta 15 centímetros, no todos lo aguantan”, explica Ángel Be, capitán del equipo, quien lleva diez años practicando este deporte. Aun así, la pasión por mantener viva la tradición supera las dificultades, incluso cuando la lluvia amenaza con suspender los entrenamientos. El pasado 16 de septiembre, mientras un aguacero caía sobre la comisaría, los jugadores continuaban golpeando la pelota en la cancha, ejemplo de su compromiso con la cultura ancestral.

Ese esfuerzo tiene hoy un premio especial: dos integrantes del equipo representarán a México en el Mundial de Juego de Pelota Maya, que se celebrará del 25 al 28 de septiembre en Copán Ruinas, Honduras. Será la sexta edición del torneo internacional y la primera vez que Honduras sea sede. Aunque no todo el plantel pudo viajar por falta de apoyo económico, el orgullo de ver a jugadores de San Pedro Chimay en el máximo escenario es motivo de celebración para la comunidad. Y lo harán con la misión de defender la corona, pues fueron campeones mundiales en la quinta Copa Mundial de Juego de Pelota Maya.
El juego de pelota es deporte y también resistencia cultural. En palabras de Paula Cecilia Tuc Canul, de 24 años e integrante del equipo: “Me siento orgullosa de ser de las pocas mujeres que lo practican; es una forma de demostrar que también nosotras podemos y de promover nuestra cultura”. Junto con ella entrena Dafne Guadalupe Xool Cab, de 15 años, quien reconoce que al inicio los moretones eran difíciles de soportar, pero con el tiempo su cuerpo se adaptó y encontró en el juego una forma de conexión con la tradición maya.

La incorporación femenina ha sido fundamental para consolidar una escuadra mixta que rompe con la idea de que este deporte es exclusivo de hombres. Cada golpe a la pelota, cada entrenamiento bajo el sol o la lluvia, es un recordatorio de que la herencia cultural puede y debe compartirse en igualdad.
En San Pedro Chimay, la cancha se ha transformado en un espacio comunitario donde jóvenes y mujeres no solo entrenan, sino también se reconocen como herederos de un legado milenario. El desgaste físico se convierte en orgullo cuando la pelota rebota en el cemento, evocando los rituales narrados en el Popol Vuh, donde los gemelos divinos desafiaron a los señores del inframundo para mantener el orden del universo.

Hoy, mientras el fútbol moderno paraliza ciudades enteras, en San Pedro Chimay la pelota maya vuelve a rodar con la misma fuerza simbólica que hace más de mil años. Y aunque solo dos jugadores representarán a la comunidad en Honduras —una muestra de la falta de apoyo institucional—, su presencia confirma que la tradición maya sobrevive y sigue conquistando escenarios internacionales.




