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La vigilancia comunitaria da un nuevo paso en Celestún con una caseta que nunca duerme

Por Miguel Cocom

Hace apenas unos años, la idea parecía lejana. Los pescadores del Refugio Pesquero de Celestún imaginaban un espacio desde donde pudieran organizar la vigilancia comunitaria, registrar quién entra y quién sale al mar y responder con rapidez cuando una embarcación quedara varada o un pescador necesitara ayuda.

Hoy esa idea finalmente tiene paredes, cámaras y puertas abiertas las 24 horas.

La Federación de Zonas de Refugios Pesqueros de Celestún inaugurará este lunes su nueva caseta de vigilancia, un proyecto construido durante varios años de gestión que busca fortalecer tanto la protección de los recursos marinos como la seguridad de quienes viven de la pesca.

«Cuando un pescador sale al mar no sabe qué puede pasar. Se puede descomponer el motor, cambiar el tiempo o quedarse varado. Ahora tendremos un lugar donde siempre habrá alguien pendiente para coordinar un auxilio», explica José Ricardo Novelo Chac, presidente de la organización.

La caseta funcionará como un centro permanente de vigilancia comunitaria. Desde ahí se llevará un registro de las embarcaciones que salen y regresan, se mantendrá comunicación con los permisionarios y, en caso de emergencia, se coordinará la búsqueda de pescadores con apoyo de una embarcación del propio comité.

Hasta ahora, cuando ocurría una contingencia, los pescadores dependían principalmente de los horarios de atención de las autoridades marítimas. Con la nueva infraestructura, la comunidad busca reducir los tiempos de respuesta y fortalecer una red de apoyo construida por los propios habitantes del puerto.

En los últimos años, Celestún también ha enfrentado robos de motores fuera de borda, uno de los bienes más valiosos para las familias pesqueras. Por ello, la caseta fue equipada con cámaras de videovigilancia que permitirán monitorear permanentemente los accesos y detectar movimientos sospechosos.

«Queremos empezar por algo muy sencillo: saber quién entra y quién sale. Eso también ayuda a prevenir robos y a darle mayor orden a la actividad pesquera», señala Novelo.

La apertura de este espacio representa otro capítulo en la historia del Refugio Pesquero de Celestún, una organización que en los últimos años ha impulsado un modelo de conservación construido desde la comunidad. A las brigadas de vigilancia voluntaria se sumaron después las mujeres que hoy participan en labores de monitoreo biológico, el uso de drones para proteger el refugio, la capacitación constante con organizaciones civiles y, recientemente, las pruebas del primer motor eléctrico para embarcaciones de vigilancia.

Nada de eso, dice Ricardo Novelo, habría sido posible sin el trabajo conjunto entre pescadores, autoridades de los tres niveles de gobierno, organizaciones civiles y programas como el Programa de Pequeñas Donaciones (PPD), que ha respaldado distintos proyectos del refugio.

«Este proyecto ha tenido éxito porque nadie trabaja solo. Aquí participan las autoridades municipales, estatales, federales, las organizaciones y la comunidad. Todos estamos caminando hacia el mismo lado».

Sin embargo, el mayor reto apenas comienza:

La vigilancia seguirá siendo completamente voluntaria porque los integrantes del comité no reciben un salario por cuidar el refugio ni por permanecer en la caseta. Para sostener el proyecto, la organización busca generar ingresos propios mediante actividades como una palapa comunitaria donde se venden alimentos y nuevos recorridos de turismo de naturaleza y pesca deportiva.

El objetivo es que, con el tiempo, la propia organización pueda financiar la operación permanente de este espacio sin depender exclusivamente de apoyos externos.

Detrás de esa estrategia también hay un componente que Ricardo Novelo considera indispensable: la participación de las mujeres.

Actualmente el refugio reúne a 64 líderes comunitarios, quienes representan a más de 800 personas vinculadas con la actividad pesquera. Dentro del comité, las mujeres se han convertido en una pieza clave para coordinar las actividades de monitoreo, vigilancia y organización interna.

«Yo admiro mucho a mis compañeros, pero admiro todavía más a las mujeres. Muchas tienen hijos pequeños, organizan quién los recoge de la escuela y mientras unas trabajan en el refugio, otras las apoyan. Esa capacidad para organizarse ha sido fundamental para que todo esto funcione», reconoce.

El modelo que nació en Celestún también comienza a extenderse por la costa yucateca y de acuerdo con Novelo, comunidades como Chuburná, San Felipe, Río Lagartos, El Cuyo y El Cuyo ya han comenzado a replicar parte de la experiencia del refugio pesquero, mientras otras localidades, como Sisal, analizan sumarse al esquema.

Los monitoreos recientes muestran el regreso de especies como mero, langosta y pepino de mar dentro del área protegida, una recuperación que los pescadores atribuyen al esfuerzo colectivo por respetar las zonas de refugio.

«Con poquito que cuidemos, el mar responde. Eso es lo que hoy estamos demostrando con hechos», concluye.

Para quienes integran el Refugio Pesquero de Celestún, la nueva caseta es mucho más que un edificio. Es el símbolo de una comunidad que decidió asumir la responsabilidad de cuidar el mar, proteger a sus pescadores y demostrar que la conservación también puede construirse desde abajo, con organización, trabajo voluntario y confianza entre vecinos.

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