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Aulas en llamas

Cómo el cambio climático altera la vida escolar en Yucatán

Las escuelas cambian, aunque sus edificios permanecen durante décadas. Los salones conservan la misma orientación. Los patios siguen ocupando el mismo lugar. Los árboles, cuando hay, tardan muchos años en crecer y los calendarios escolares apenas se modifican.

Mientras las escuelas continúan funcionando como de costumbre, el calor se agudiza y altera la vida cotidiana de sus docentes y estudiantes.

Primero los ventiladores dejaron de ser suficientes, las botellas de agua ya no permanecen frías por tanto tiempo y las ceremonias cívicas son canceladas por el sol. Después obligó a mover las clases de educación física a primera hora, a reducir actividades al aire libre y finalmente, a modificar el propio calendario escolar.

Cuando el calor aprende más rápido que el sistema

Durante décadas, el calor fue entendido como una característica más del paisaje yucateco. Se hablaba de él como un rasgo inevitable que acompañaba el inicio de la primavera y el largo verano peninsular. Pocas veces se le consideró un problema educativo.

Uno de los trabajos más importantes publicados recientemente sobre esta relación es el informe Educación a prueba de calor en América Latina y el Caribe, elaborado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). El estudio demuestra que el rendimiento escolar se deteriora incluso antes que aparezcan las alertas por temperaturas récord.

El umbral identificado por los investigadores es de 26.7 grados Celsius. A partir de esa temperatura, los aprendizajes empiezan a disminuir de manera notable.

Cada día adicional por encima de ese umbral puede reflejarse en una pérdida cercana al uno por ciento del aprendizaje equivalente a un ciclo escolar completo.

De acuerdo con el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), 242 millones de estudiantes en 85 países vieron interrumpida su educación durante 2024 debido a fenómenos climáticos extremos, entre ellos olas de calor, tormentas, inundaciones y ciclones.

Es decir, la crisis climática dejó de ser un asunto exclusivo del medio ambiente y entró al salón de clases.

En Yucatán las temperaturas que se registran año con año son sorprendentes y especialistas coinciden en factores de vulnerabilidad como el crecimiento urbano acelerado, desigualdad territorial, comunidades rurales e indígenas, infraestructura escolar heterogénea y una exposición prolongada a temperaturas extremas.

Las escuelas tendrán que adaptarse a nuevos retos.

El mes que cambió el calendario

En Yucatán, el calor ya no esperó a la primavera y por cuarto año consecutivo, las temperaturas superiores a los 40 grados Celsius se adelantaron al calendario estacional.

En 2026 rompió incluso esa tendencia y por primera vez desde que existen registros recientes, el primer episodio de calor extremo ocurrió desde febrero.

El 27 de ese mes, Ticul registró 40.5 grados Celsius, mientras Muna alcanzó los 40 grados, convirtiéndose en las primeras localidades del estado en cruzar ese umbral durante el año.

Juan Antonio Palma, meteorólogo de la agencia Meteored México, considera que la percepción de un calor cada vez más intenso no siempre coincide con el comportamiento de las temperaturas máximas registradas.

«El calor de este año estuvo dentro de lo normal. Lo que pudo haber hecho que se sintiera más fue la humedad; las sensaciones térmicas sí alcanzaron hasta 50 grados, pero técnicamente no fue una temporada extrema ni fuera de lo común», explica.

El especialista recuerda que el verdadero punto de quiebre reciente fue 2024, cuando la Península de Yucatán experimentó casi cuarenta días consecutivos con temperaturas superiores a los 40 grados y registros históricos cercanos a los 46 grados Celsius. Sin embargo, mayo continúa siendo el mes más caliente del año.

«Definitivamente mayo es el mes más caliente en la Península de Yucatán. Es el que tiene los récords tanto de temperaturas máximas extremas como de periodos prolongados de calor», afirma Palma.

Mayo es considerado el mes más caluroso de todo el año.

Durante mayo predominan sistemas de alta presión que mantienen cielos despejados y favorecen una intensa radiación solar. Es hasta junio, con el establecimiento de las lluvias y el inicio de la temporada de ciclones tropicales, cuando las temperaturas comienzan a descender gradualmente.

«La gran diferencia entre mayo y junio es que las lluvias refrescan el ambiente. Ya entrando junio las cosas cambian drásticamente», resume.

En este 2026, el Gobierno de Yucatán decidió adelantar el cierre del ciclo escolar al 26 de junio precisamente para disminuir la exposición de la comunidad educativa al calor.

La medida representa un reconocimiento institucional de que las altas temperaturas ya afectan el funcionamiento de las escuelas, sobre todo en municipios donde el calor es parte de la vida cotidiana. Y donde un maestro descubrió hace años que antes de mirar el termómetro, basta con observar el comportamiento de sus alumnos.

Las y los docentes optan por realizar actividades al aire libre.

Aprender a enseñar cuando el salón parece un horno

Hay días en los que Fredy Góngora sabe que hará más calor antes incluso de revisar el pronóstico. No necesita abrir una aplicación del tiempo ni escuchar el reporte meteorológico de la mañana porque le basta entrar al salón de clases y observar a sus estudiantes.

Se nota en la dificultad para concentrarse, en los bostezos, en las botellas de agua que se vacían demasiado rápido y en el silencio inusual de un grupo que normalmente sería inquieto. También en los pequeños conflictos que surgen con mayor facilidad cuando el cuerpo comienza a resentir el cansancio.

«Pico máximo de calor igual a ausentismo escolar», resume el profesor.

Docentes se las ingenian para continuar con los programas de estudios.

Fredy es maestro de sexto grado en la primaria Valentín Gómez Farías, en Oxkutzcab, uno de los municipios que año con año registra algunas de las temperaturas más altas de Yucatán. Su trayectoria le ha valido reconocimientos como Maestro Distinguido de Yucatán 2017, el Premio ABC de Mexicanos Primero y el reconocimiento Docentes Extraordinarios: National Teacher Prize México 2022. Sin embargo, en ocasiones, frente al calor, los premios sirven de poco porque lo que importa es encontrar la manera de que el aprendizaje continúe.

En su escuela, de las doce aulas disponibles, únicamente tres cuentan con aire acondicionado. Las demás dependen de ventiladores que, durante los días más cálidos, apenas consiguen mover el aire caliente de un lado a otro del salón.

En algunas aulas los ventiladores no funcionan.

Fredy asegura que buena parte de las escuelas de la región enfrenta condiciones similares: “La mayoría de las escuelas no cuentan con sistemas de aire acondicionado y quienes lo tienen, el voltaje no es suficiente.  Las aulas están construidas con techos de concreto sin aislamiento térmico o láminas que absorben la radiación solar. El calor se estanca, la ventilación cruzada es insuficiente y el ambiente se vuelve denso y sofocante, creando un microclima de estrés térmico continuo”.

Desde hace varios años, la comunidad escolar comenzó a reorganizar la jornada para convivir con el calor. Las clases de educación física dejaron de programarse durante las horas de mayor radiación solar. Las actividades que requieren mayor concentración suelen colocarse a primera hora de la mañana y después de las 10:00 am, explica Fredy, el cuerpo empieza a responder de otra manera.

«Las aulas se transforman en auténticos hornos. Hay mucho sueño, apatía, falta de atención e irritabilidad. Incluso cambia el estado de ánimo del grupo», cuenta.

Hay estudiantes que muestran mayor cansancio, otros presentan dolor de cabeza o dificultad para mantener la atención. En ocasiones aparecen sangrados nasales. El ambiente se vuelve más pesado y la convivencia cambia.

En Oxkutzcab tiene alumnos que llegan con la camisa empapada antes de las 8:00 am y hay docentes que sin protocolos específicos ni capacitación sobre adaptación climática, han aprendido a reorganizar la escuela para seguir enseñando.

No existe un manual que indique qué hacer cuando el calor convierte un salón en un espacio hostil para aprender, es decir, las soluciones nacen de la experiencia.

Fredy afirma que con el paso de los años, los maestros saben cuándo un alumno dejó de poner atención porque está distraído y cuándo dejó de hacerlo porque simplemente tiene demasiado calor.

Estudiantes y docentes hacen un doble esfuerzo en medio de altas temperaturas.

“El fuego que consume los aires”

Del sur de Yucatán al oriente del estado, las historias cambian de nombre, pero no de temperatura.

En una primaria de la comunidad de Yaxché, en el municipio de Valladolid, Jorge, maestro de grupo, recuerda que hace algunos años el calor no era un factor a considerar para el día a día, pero hoy, en cambio, obliga a modificar la planeación diaria.

Las actividades salen del salón para buscar la sombra de los árboles. Educación Física comienza a las 7:00 de la mañana. Los estudiantes piden salir unos minutos para refrescarse y el agotamiento aparece mucho antes del recreo.

«No es suficiente», resume cuando habla de la infraestructura de la escuela. Los ventiladores funcionan a medias y el aire acondicionado dejó de hacerlo hace tiempo. Lo urgente, dice, sería dar mantenimiento a los equipos, mejorar la infraestructura y reconsiderar los horarios escolares.

A unos kilómetros de ahí, en la primaria de Xuilub, el problema no cambia mucho.

El director del plantel asegura que después del recreo resulta cada vez más difícil recuperar la atención del grupo. Los alumnos se fastidian. Pierden concentración. Empiezan a aparecer dolores de cabeza, fiebre y molestias estomacales que, según explica, terminan reflejándose también en el ausentismo.

Ante estas situaciones, los maestros permiten que los alumnos trabajen sentados en el piso, trasladan algunas actividades bajo los árboles y recuerdan constantemente a las familias que envíen suficiente agua.

«Ya no contamos con otras áreas techadas», explica.

La reforestación en las escuelas es una de las opciones viables para un futuro.

Cuando se le pregunta si la escuela está preparada para enfrentar temperaturas cada vez más altas, la respuesta llega sin titubeos.

«No. Definitivamente no.»

Enlista entonces las ausencias y enuncia que no hay domo, bebederos, enfriadores de agua y tal como en otras escuelas, los ventiladores son insuficientes y ningún salón tiene aire acondicionado.

En otra aula del mismo plantel, Diego, maestro de primaria, utiliza una expresión que resume buena parte de esta investigación.

«La dinámica ha pasado de ser pedagógica a convertirse en una constante estrategia de supervivencia y regulación térmica».

Su jornada ya no se organiza únicamente alrededor de los contenidos escolares. Ahora también gira en torno a pausas para hidratarse, permisos constantes para ir al baño y actividades que deben cancelarse después de 10:30 de la mañana.

«El calor ya no es una incomodidad; es un obstáculo diario para la enseñanza», dice.

Las historias se repiten:

En Chan X’cail, varios docentes cuentan que las actividades al aire libre prácticamente desaparecieron. Educación Física se redujo a unos cuantos minutos durante las primeras horas del día. Los desayunos dejaron de hacerse en algunos espacios abiertos. Los juegos del recreo fueron suspendidos y, cuando falla la electricidad, las clases migran bajo la sombra de los árboles o a una palapa improvisada.

En un preescolar indígena de San Pedro Chichimilá, las maestras descubrieron otra estrategia. Cuando el salón comienza a sentirse sofocante, humedecen pequeñas toallas para refrescar a los niños y hacen pausas constantes para que beban agua.

Las soluciones cambian de una escuela a otra, pero las necesidades son prácticamente las mismas: árboles, sombra, agua, bebederos y ventilación.

Más que pedir mejores programas de estudio, docentes y directivos hablan primero de algo mucho más básico que se trata de conseguir que el salón vuelva a ser un espacio donde aprender sea físicamente posible.

Porque antes de resolver una multiplicación, leer un cuento o explicar la fotosíntesis, hay una tarea mucho más urgente y es cómo conseguir que 30 niñas y niños puedan permanecer dentro del aula sin que el calor les impida concentrarse.

Hay escuelas en las que no hay domo y el reto se vuelve mayor.

Adaptarse sin un mapa

Mientras maestras y maestros reorganizaban horarios, buscaban la sombra de los árboles o improvisaban pausas para hidratar a sus alumnos, las autoridades educativas también empezaron a tomar decisiones para reducir la exposición al calor.

Durante los últimos dos ciclos escolares, la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado (Segey) emitió recomendaciones para evitar actividades al aire libre durante las horas de mayor radiación solar, promovió medidas preventivas de hidratación y en 2026, anunció el adelanto del cierre del ciclo escolar el pasado 26 de junio, casi tres semanas antes de la fecha originalmente prevista.

La medida representó un reconocimiento institucional de una realidad que docentes y estudiantes llevaban tiempo experimentando: el calor ya estaba modificando la vida escolar.

Para entender cómo estaba respondiendo el sistema educativo, esta investigación presentó diversas solicitudes de acceso a la información pública y las respuestas muestran un panorama que contrasta con la magnitud del fenómeno.

La Subsecretaría de Educación Básica informó que no cuenta con un protocolo escrito para atender olas de calor dentro de las escuelas. Precisó que, cuando se presentan temperaturas extremas, se envían circulares recomendando evitar la exposición de los estudiantes durante las horas de mayor radiación solar.

La situación agrava cuando no hay agua en las escuelas.

La Subsecretaría de Educación Media Superior respondió en el mismo sentido. Indicó que tampoco dispone de un protocolo específico para las preparatorias estatales y que las decisiones relacionadas con suspensión de clases o modificación de horarios se toman de manera centralizada por las autoridades superiores de la Secretaría.

Cuando se preguntó por recursos destinados específicamente a infraestructura climática, la dependencia respondió que no cuenta con información específica sobre un presupuesto asignado para ese rubro.

La misma respuesta fue respecto a programas de adaptación climática. No existe un registro específico de inversiones destinadas a preparar las escuelas frente al incremento de las temperaturas.

No significa que no exista infraestructura nueva o mantenimiento escolar. Significa que, hasta ahora, la adaptación climática no aparece como una política pública claramente identificable.

El calor extremo, un problema de salud pública:

Durante la temporada de calor de 2026, el calor extremo igualmente comenzó a ser un problema de salud pública. De acuerdo con el Informe Semanal de Daños a la Salud por Temperaturas Naturales Extremas de la Secretaría de Salud federal, actualizado al 24 de junio, Yucatán acumuló 59 casos de afectaciones asociadas a las altas temperaturas, de los cuales 43 correspondieron a golpes de calor, 11 a deshidratación y 5 a quemaduras, además de registrar la primera defunción por calor extremo en la entidad durante este año.

A nivel nacional, la temporada sumaba 920 casos acumulados y 21 defunciones, con 100 nuevos registros reportados tan solo en la última semana epidemiológica. Yucatán se ubicó como la quinta entidad con mayor número de afectaciones por calor en el país, solo por detrás de Tabasco, Oaxaca, Jalisco y Morelos. El dato confirma que el calor ya no representa únicamente un desafío para el aprendizaje o la infraestructura escolar porque se ha convertido en un riesgo creciente para la salud y la vida cotidiana de quienes habitan y trabajan en el estado.

La Segey se limita a brindar este tipo de recomendaciones.

En ese contexto, las escuelas dejaron de ser únicamente espacios de enseñanza para convertirse también en lugares donde se disputa, todos los días, la capacidad de adaptación de una sociedad frente a un clima cada vez más hostil.

Las respuestas obtenidas vía transparencia ayudan a explicar por qué, en prácticamente todos los planteles visitados para esta investigación, las soluciones se parecen tanto entre sí en ausencia de una estrategia estatal específica de adaptación climática.

No porque exista un protocolo institucional, sino porque las comunidades escolares han construido el suyo. Cada director decide cómo reorganizar actividades. Cada docente encuentra la manera de mantener la atención del grupo. Cada escuela improvisa con los recursos disponibles.

La adaptación cotidiana ha permitido que las clases continúen, pero no implica que las escuelas estén preparadas para el clima que viene.

Un estado de sombra desigual:

Para conocer qué tan preparadas están las escuelas públicas frente al aumento de las temperaturas, esta investigación analizó información del Sistema de Estadística Educativa de Yucatán correspondiente al ciclo escolar 2025-2026, así como tres bases de datos entregadas vía solicitudes de acceso a la información por la Dirección de Planeación de la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado.

El universo comprende 3,467 planteles públicos de educación básica y media superior distribuidos en todo el estado y al menos 1,022 escuelas no reportan contar con domo, áreas verdes ni bebederos.

En otras palabras, casi una de cada tres escuelas públicas enfrenta las altas temperaturas sin alguno de los elementos más básicos para mitigar el calor durante la jornada escolar.

La cifra, por sí sola, explica buena parte de las escenas narradas por docentes y estudiantes y son respuestas a una infraestructura que, en muchos casos, nunca fue diseñada pensando en temperaturas como las actuales.

La desigualdad también aparece cuando se observan por separado los distintos componentes de la infraestructura.

Solo 81 escuelas reportan contar con domo. Eso representa apenas 2.3% de todos los planteles públicos analizados.

En el caso de los bebederos, la cifra mejora ligeramente. 755 escuelas informan disponer de ellos.

Las áreas verdes aparecen en 2,162 planteles. Sin embargo, ese dato merece una precisión. Que una escuela reporte contar con áreas verdes no significa necesariamente que posea árboles maduros, sombra suficiente o espacios capaces de reducir la temperatura del entorno.

En numerosos planteles, esas áreas corresponden a pequeños jardines ornamentales que tienen un impacto limitado sobre el confort térmico.

El mapa, entonces, comienza a mostrar dónde hace más calor y dónde las escuelas cuentan con menos herramientas para enfrentarlo.

Mientras algunos municipios concentran una mayor cantidad de planteles con infraestructura básica, otros presentan carencias que vuelven mucho más difícil adaptarse al incremento de las temperaturas.

Esa desigualdad territorial significa que el calor tampoco se experimenta de la misma manera.

No es igual asistir a clases en un plantel con sombra, árboles y acceso permanente a agua potable que hacerlo en una escuela rodeada de concreto donde el único alivio

Una investigación publicada por la Universidad de Oxford en la revista Sustainable Cities and Society ubicó a Mérida en el lugar 47 entre las 205 ciudades de más de un millón de habitantes con mayor vulnerabilidad al calor extremo en el mundo.

El estudio no analiza únicamente la temperatura. Incorpora variables como humedad, envejecimiento poblacional, cobertura vegetal y capacidad económica para acceder a sistemas de enfriamiento.

El acceso a agua potable y bebederos debería ser una regla en los planteles educativos.

Para Juan Antonio Palma uno de los cambios más notorios en Mérida durante las últimas décadas ha sido el crecimiento urbano.

«Hace 20 o 30 años había más árboles y menos fraccionamientos. Hoy el concreto y el asfalto generan una isla de calor que mantiene temperaturas más altas incluso durante la noche».

Para la doctora en arquitectura Gladys Noemí Arana López, con la orientación adecuada de los edificios, la ventilación cruzada, los techos altos, el uso de materiales aislantes, la arborización de patios y la reducción de superficies de concreto se podría disminuir la temperatura al interior de las escuelas sin depender exclusivamente de sistemas de climatización.

La actual coordinadora de la Maestría en Diseño Urbano de la Universidad Autónoma de Yucatán, menciona las bondades del modelo de aulas del Comité Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas (Capfce) creado en México en 1944, aunque también destaca que su principal desventaja es el aplicar el mismo prototipo de aula en todas las regiones de México, sin importar si se construía en el frío de la sierra o en el calor del trópico. Además, de que muchas de las aulas actuales fueron construidas antes de que el calor extremo se convirtiera en una condición permanente.

No obstante, para la doctora Arana López hay también herramientas de arquitectura pasiva que podrían marcar la diferencia, como el manejo de diferente superficie, cambiar la textura y el calor de las mismas, tomar en cuenta el ángulo de incidencia y el aislamiento térmico.

En sus palabras: “Hace falta un modelo arquitectónico que responda adecuadamente al clima y a las cuestiones culturales de Yucatán”.

Los especialistas coinciden en algunas soluciones como orientar correctamente los edificios, permitir la ventilación cruzada, reducir las superficies de concreto, sembrar árboles capaces de generar sombra permanente, construir techos altos, utilizar materiales que disminuyan la transferencia de calor y ecuperar patios como espacios vivos.

No se trata únicamente de hacer escuelas más cómodas. Se trata de hacerlas más resilientes.

Las primeras escuelas públicas de Yucatán fueron pensadas para enseñar matemáticas, historia o ciencias y la próximas probablemente también tendrán que enseñar cómo vivir en un mundo más caliente.

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