Por Itzel Chan
Hasta hace poco, las peleas de robots solo las había visto en Netflix: máquinas chocando, chispas, comentaristas acelerados, metal retorciéndose para sobrevivir un minuto más.
Parecía un espectáculo lejano, exportado desde ciudades que no conozco, pero en Yucatán, dentro del Centro de Convenciones Siglo XXI, esa idea se transformó en realidad este fin de semana y presenciamos una sala repleta de niñas, niños, adolescentes y universitarios que, como se dijo ahí, llegaron “a medir sus habilidades y a descubrir que su futuro puede construirse con cables, chips y mucha imaginación”.
Ahí estaban 158 robots y 370 participantes de distintos puntos del país, cada uno defendiendo su máquina. Además de ser una competencia, se trataba de un laboratorio donde la creatividad, la frustración, la emoción y el deseo de demostrar “sí podemos” convivían entre la vibración de motores.

Entre los nombres que resaltaron en la arena hubo creaciones memorables como “Matarratas”, “Noxitto”, “Balagardo” y un robot llamado “Suadero”.
“Estos concursos despiertan vocaciones científicas y tecnológicas”, señaló Geovanna Campos Vázquez, secretaria de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación, quien insistió en que la robótica no es únicamente juego.
“La robótica es algo muy lúdico y también es la base de los sistemas embebidos con los que vivimos todos los días”, añadió.

Momentos antes, había conversado con una adolescente que obtuvo tercer lugar y la impactó cuando le dijo: “Quiero estudiar sistemas embebidos en la Universidad Politécnica de Yucatán”.
La emoción no pertenecía únicamente al público sino también a quienes evaluaban. En la arena, el juez Andrés Isidoro Pérez Martínez observaba atento y lo resumió en una frase: “Hoy la innovación está a la puerta de tu casa. Que los chicos aprendan cómo funciona el mundo es fundamental”.

También destacó la fuerza del encuentro más allá de la competencia: “Aquí hay estudiantes de escuelas públicas y particulares. Vienen universidades locales y de fuera. Es muy bonito ver cómo todos comparten conocimientos”.
En Yucatán, en ocasiones las historias no se cuentan desde grandes laboratorios, sino desde escuelas, cuartos, recámaras, mesas improvisadas y sueños.
Aquí, una nueva generación de inventoras e inventores ya decidió su rumbo desde edades tempranas: niñas de 11 años manejando sensores, adolescentes diseñando robots de rescate y universitarios construyendo brazos robóticos con precisión quirúrgica.




