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El día que México dejó de ver futbol

Nadie sabe con certeza qué día ocurrió. Algunos dicen que fue después de la última tanda de penales perdida. Otros juran que fue un martes, cuando alguien apagó la televisión y nadie la volvió a encender.
Pero lo cierto es que, una mañana cualquiera, México decidió dejar de ver futbol.

El país simplemente se cansó.

Cansado de la muralla del quinto partido. Cansado de los goles anulados, del VAR y de los “ya merito”. Cansado de promesas recicladas y lágrimas en conferencias. Cansado de creer que la camiseta verde podía más que la lógica o el sistema.

Recordaron entonces los cachirules, las eliminaciones absurdas y aquel récord inútil: cuatro jugadores entre los siete en la historia que habían jugado cinco Copas del Mundo. Veinte Copas entre los cuatro… y ni un título. Longevidad sin gloria, experiencia sin evolución.

Fue un apagón nacional, pero silencioso. Los estadios se vaciaron primero. Después, los programas de análisis se quedaron sin público. Las casas se llenaron de eco donde antes había gritos. Y México, por primera vez en mucho tiempo, tuvo un domingo libre.

Y ahí empezó algo distinto.

Descubrimos que también éramos buenos para otras cosas. Para subir al ring y bailar entre golpes, para caminar veinte, treinta, cincuenta kilómetros sin rendirse, para volar desde un trampolín y caer con la elegancia de un delfín. Que había patinadores que giraban con más ritmo que nuestros delanteros,
y beisbolistas que sabían lo que era conectar, no fallar.

Descubrimos que el deporte podía ser placer sin decepción. Que podía oler a tierra, a cloro, a guantes, no sólo a césped o a campo llanero.

Entonces las escuelas abrieron instalaciones deportivas nuevas: no de futbol, sino de ajedrez, donde los niños aprendieron que el tablero también tiene diagonales y estrategias. Llegaron los bates y las pelotas grandes, los guantes y los cascos. Un grupo de muchachos en Monterrey empezó a practicar lacrosse.
Unas chicas en Oaxaca armaron su equipo de flag football. En Sinaloa improvisaron una cancha de críquet con cocos y palos de escoba. Y en Guanajuato alguien descubrió que el squash también era un arte.

Para 2028, México ya no soñaba con ganar un Mundial, sino con llenar el medallero de Los Ángeles. La vieja pasión seguía ahí, pero ahora se repartía. El gol se había convertido en punto, salto o jaque mate.

Y aunque a veces, en alguna casa, alguien volvía a encender la tele para ver un México–Argentina o recordar a Cuauhtémoc, ya nadie se tomaba el fútbol tan en serio.

Porque México había entendido algo que tardó un siglo en aceptar: que el balón no era una condena, sino solo una de tantas formas posibles de correr detrás de un sueño.

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