Por María Albert Hernández
Hace unos 25 años leí por primera vez “Francisca y la Muerte”. Es un cuento breve, incluido en los antiguos libros de la escuela, que, sin embargo, me causó una hondísima impresión.
El relato de Onelio Jorge Cardoso trata sobre la Muerte, que intenta llevarse a una anciana muy activa, pero no lo consigue porque ella siempre está ocupada. La Muerte termina enojada porque, tras buscarla y no poderle seguir el ritmo, tiene que renunciar a su misión.
Era una niña entonces y no había reflexionado lo suficiente sobre la muerte. Pero lo que más me asombró de la historia fue que “Francisca” fácilmente podría haber sido mi abuela.

No es para menos. Ella era originaria de una comunidad indígena donde la primera calle se pavimentó allá por los años 90, a escasos 40 minutos de Villahermosa, aunque aún distante del bullicio de la modernidad que un día se coló y transformó todo de golpe.
En aquellos años, el pueblo era tranquilo. El silencio se rompía solo con el ruido de la combi vieja de don Mario, un hombre adusto que te miraba feo si no le pagabas con el cambio exacto. La gente mayor, aún vivaz y fuerte, se dedicaba en su mayoría al campo. Mi tío abuelo se levantaba cada mañana con su carretilla y regresaba cargado de maíz, plátanos, naranjas o un par de mojarritas criollas.
Mi abuela, en cambio, era un remolino canoso que se paseaba por la cocina temprano y nos daba café con “campechanas”. Se habría reído entonces de quienes, escandalizados, le hubieran advertido que el café no es bueno para los niños. Pero más tardábamos en desayunar e irnos a la escuela que “Pochita” en irse a la milpa.

Era una mujer tradicional y a la vez poco convencional. Como cualquier mujer de su época, dominaba los quehaceres del hogar, tenía un sazón sin igual y lo mismo bordaba ropa para los santos que tejía un petate.
Su historia, triste hasta donde recuerdo lo que me contó, estuvo marcada por el maltrato de su exmarido, por la muerte de dos de sus hijos y por la carga constante de ser el principal sustento de una familia numerosa que dependía de ella y, a la vez, le reprochaba su condición de “dejada”.
Pero, irónicamente, no se dejaba de nadie. Aprendió también las labores del campo. En su pequeño huerto nunca faltaban tomates, chile dulce, pepinos, melones, cilantro, perejil y el chile amashito. Cada año sembraba maíz y frijol. En todo el terreno mantenía árboles frutales. A machete limpiaba la mala hierba y era capaz de construir y mover sus gallineros según se le antojara.

Por supuesto que sabía de cuidar recién nacidos y qué mezcla de hierbas usar para aliviar un poco las reumas.
Siempre con su delantal, su vestido del día y sus sandalias. Porque no iba a ponerse botas y pantalones, como los varones. Y si un día se le antojaba, cocinaba tamales o un dulce de nance, solo para matar el tiempo.
Porque con mi abuela parecía que los días eran más largos. Quizás conocía una fórmula secreta que le permitía añadir horas para hacer tantas cosas que hoy me parecen imposibles. También era nuestra cuidadora de tiempo completo: criaba gallinas, pavos, tres perros, cuidaba su milpita y su huerto, cocinaba, tejía por las tardes y se ocupaba de tres “chamaquitas” que rondaban por la casa.
¿Ven por qué digo que pudo haber sido “Francisca”? Piel morena, manos fuertes y venosas por el trabajo duro. Recuerdo que me encantaba aplastar las venas de sus manos y pasar mis dedos por esos surcos. Canosa, por supuesto, y casi sin dientes. Tenía unos 60 o 70 años.
¿Ojos nublados? No. “Todo lo dicho está bien, pero no los ojos”. Sus ojos eran cafés, vivaces, siempre con un objetivo que perseguir.
Mi abuela no le tenía miedo a la oscuridad. Decía: “Los groseros son los que tienen miedo”. Y aún así se levantaba de madrugada para acompañarnos al baño que, como se acostumbraba entonces, estaba fuera de la vivienda.

Lo que más me gusta del cuento es el final: “Mientras, a dos kilómetros de allí, Francisca escardaba de malas hierbas el jardincito de la escuela. Un viejo conocido pasó a caballo y, sonriéndole, le echó a su manera el saludo cariñoso:
—Francisca, ¿cuándo te vas a morir?
Ella se incorporó, asomando medio cuerpo sobre las rosas, y le devolvió el saludo alegre:
—Nunca —dijo—, siempre hay algo que hacer.”
Pero “Pochita” se descuidó un día. Algo dejó pasar. Quizás, por primera vez en décadas, pensó: “Eso lo haré luego”. Y fue entonces cuando la Muerte, astuta y traicionera, encontró una oportunidad.
Por estas fechas la recuerdo más. Irónica como es la vida, en Día de Muertos yo, que me muestro escéptica ante todo, espero con esperanza que sí venga, que pruebe el café y las galletas. Que tal vez me cuente cómo es allá y si encontró un nuevo huerto y una nueva milpa.
* Imágenes fueron creadas con ayuda de IA.
*Este texto fue originalmente publicado en Ventana Sur.




