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2026, el deporte se cruza con la geopolítica

Cuando se habla de 2026, el foco suele colocarse de inmediato en el Mundial de Futbol, que se jugará en México, Estados Unidos y Canadá y marcará un antes y un después por su formato ampliado y su escala continental. Sin embargo, reducir el año deportivo a la Copa del Mundo sería quedarse corto. El primer trimestre de 2026 concentrará al menos otros cuatro eventos deportivos de alcance global, donde el deporte, la economía y la política volverán a cruzarse.

Uno de ellos es la Copa Africana de Naciones 2025, que se disputa en Marruecos entre diciembre de 2025 y enero de 2026. El torneo confirma el crecimiento del futbol africano en términos comerciales y de audiencia y también deja ver las tensiones del calendario internacional. La Confederación Africana de Futbol tuvo que mover las fechas del torneo para evitar un choque con el nuevo Mundial de Clubes que se llevó a cabo el año pasado, una decisión que refleja cómo los grandes eventos compiten hoy no solo por audiencias, sino por espacio en un calendario saturado por intereses económicos globales.

A continuación en el calendario aparece el Super Bowl LX, el evento deportivo de un solo día más visto del mundo. Esta edición llega con dos elementos que rompen la narrativa reciente de la NFL. Por primera vez en cuatro años, los Jefes de Kansas City no estarán en el partido, luego de quedar oficialmente descalificados, cerrando así un ciclo de hegemonía deportiva y mediática. Además, Bad Bunny está confirmado como artista del show de medio tiempo, lo que añade una capa política inevitable. En un contexto marcado por el endurecimiento del discurso antimigrante en Estados Unidos, el escenario del Super Bowl, utilizado en ocasiones como plataforma simbólica, podría convertirse en un espacio de expresión y tensión más allá del espectáculo.

También llegarán los Juegos Olímpicos de Invierno Milán-Cortina 2026, que representan un giro importante en la forma de organizar megaeventos deportivos. Cerca del 90% de la infraestructura será reutilizada o temporal, evitando los llamados “elefantes blancos” que durante décadas dejaron deudas y espacios abandonados en ciudades olímpicas. Italia apuesta así por un modelo que privilegia la sostenibilidad y el legado urbano sobre la espectacularidad excesiva, en línea con el nuevo discurso del olimpismo contemporáneo.

Finalmente, el Clásico Mundial de Béisbol 2026 añade un componente geopolítico aún más delicado. La participación de Venezuela no está completamente asegurada, ya que la selección depende de la Federación Venezolana de Béisbol, organismo que en años recientes ha sido financiado por el gobierno de Nicolás Maduro. Tras los acontecimientos políticos de los últimos días y la intervención estadounidense en Caracas, el panorama institucional es incierto y no está claro si el país podrá cumplir con los requisitos administrativos y logísticos para competir en el torneo de marzo. A esto hay que sumarle que los partidos de la selección venezolana, durante la fase de grupos, están programados en Miami, Florida.

En caso de que Venezuela sí participe, el cruce con Estados Unidos, aunque ambos están ubicados en grupos distintos, podría darse en rondas definitivas, cargando el enfrentamiento de un simbolismo adicional. Si no lo hace, la ausencia de la ‘Vinotinto’ sería, por sí misma, una señal contundente de cómo la política puede alterar incluso los grandes rituales deportivos internacionales.

Así, 2026 no será solo el año del Mundial de Futbol. Será un periodo en el que los grandes eventos deportivos se concentrarán, competirán entre sí y reflejarán disputas más amplias sobre poder, sostenibilidad, migración y política internacional. En la cancha, en la pista o en el escenario del medio tiempo, el deporte volverá a decir mucho más de lo que aparenta.

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