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En Isla Arena, restaurar el manglar es conservar el futuro

En Isla Arena, una comunidad ubicada en el corazón de la Reserva de la Biosfera Ría Celestún, la restauración ambiental tiene rostro comunitario. Mujeres y hombres han asumido la tarea de recuperar los manglares que durante décadas han sufrido las consecuencias de alteraciones en el flujo natural del agua, afectando no solo a los ecosistemas, sino también a las actividades que sostienen la vida local, como la pesca y el turismo.

Hace más de 40 años, la construcción de una carretera interrumpió el paso del agua hacia una extensa zona de manglar. El impacto fue profundo: más de 3 mil 700 hectáreas resultaron afectadas, provocando la muerte de vegetación, pérdida de biodiversidad, incendios y una disminución en los servicios ambientales que benefician a la comunidad.

Frente a este escenario, integrantes de la cooperativa Carey impulsan un proyecto de restauración y protección comunitaria de los manglares que busca recuperar 200 hectáreas de flujo hidrológico y reforestar 30 hectáreas de manglar. La iniciativa también promueve la participación de mujeres, el monitoreo ambiental local y el fortalecimiento del turismo comunitario como una alternativa económica sostenible.

“Tenemos una relación muy importante con los manglares porque ayudan a la reproducción de especies y albergan una gran diversidad de vida. Muchas especies utilizan estos ecosistemas como refugio para reproducirse”, explicó Oriana Montes de Oca, integrante del proyecto.

Los trabajos incluyen la limpieza de canales, el desazolve de alcantarillas y la apertura de pasos para que el agua vuelva a circular. Con herramientas como palas, azadones y bombas, las brigadas comunitarias realizan labores que requieren esfuerzo físico, pero que generan resultados visibles en el territorio.

“Cuando el manglar tiene agua, vuelve la vida”, resumió Geydy Ceh Chan, quien participa en las acciones de restauración.

Además de las tareas de campo, el proyecto contempla capacitaciones en monitoreo ambiental, vigilancia comunitaria y manejo de semillas. Cada semana se organizan brigadas que combinan trabajo de restauración con actividades de aprendizaje y sensibilización ambiental.

La participación de las mujeres ha sido uno de los elementos más relevantes de esta experiencia. Además de involucrarse en las labores de restauración, muchas encontraron una oportunidad para generar ingresos y fortalecer su papel dentro de la comunidad.

Para Israel Molas Narváez, el valor de los manglares trasciende lo ambiental. “El manglar es todo para nosotros porque de ahí nace la economía de nuestras comunidades gracias a la pesca y al turismo comunitario. Aquí se reproducen especies como el robalo, el sábalo y la mojarra. Sin manglar no habría reproducción”, señaló.

La iniciativa forma parte del proyecto de Restauración y Conservación de Humedales Costeros y Desarrollo Comunitario (RE3CO), impulsado por WRI México y el Programa de Pequeñas Donaciones (PPD). Sin embargo, quienes participan coinciden en que el principal motor del esfuerzo sigue siendo la propia comunidad.

Más allá de recuperar canales o sembrar nuevas plantas, la restauración se ha convertido en un proceso de reencuentro entre personas, saberes y generaciones. En una comunidad que ha enfrentado huracanes, incendios y años de degradación ambiental, cada canal reabierto representa también una apuesta por el futuro.

En Isla Arena, restaurar el manglar significa proteger la biodiversidad, fortalecer la soberanía alimentaria, generar oportunidades para las mujeres y aumentar la capacidad de adaptación frente al cambio climático. Pero también significa algo más profundo: demostrar que el cuidado colectivo del territorio puede convertirse en una forma de resistencia y esperanza.

Porque cuando una comunidad recupera sus manglares, también recupera parte de su historia, de su identidad y de las posibilidades de las generaciones que vienen.

Fotos: Servicios Ecoturísticos Carey S.C.

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