Por Itzel Chan
Desde muy pequeño, Rubén Caballero entendió que el arte podía ser una forma de mirar el mundo. Primero llegó la música, luego la danza, y más tarde el teatro. Pero fue hasta su paso por la universidad cuando comprendió el verdadero poder de esa expresión porque el arte podía transformarlo, abrirle caminos hacia otras realidades y, sobre todo, enseñarle a verse y aceptar su propia historia.
“El teatro me permitió eso: ver a los demás y verme a mí mismo, mi historia… aceptarla y trabajar con ella”, recuerda. A partir de entonces, descubrió se trata de un espacio donde caben todas las voces, los cuerpos y las almas.
Rubén encontró en la docencia artística un refugio y una misión. La primera vez que impartió un taller para niñas y niños fue en 2013. No se trataba de un encuentro formal ni académico, sino de un juego. Sin embargo, fue allí donde ocurrió algo decisivo porque se dio cuenta de la facilidad que tuvo para conectar con las infancias, la confianza que le otorgaron y la libertad con la que ellas y ellos se expresaban le mostraron un camino que, hasta hoy, sigue recorriendo.
“Me impresionó la capacidad creativa que tienen y también la facilidad para comunicar. En ese momento hice un clic y descubrí mi capacidad para empatizar, escuchar y jugar con ellos. Fue el inicio de todo”, comparte.

Desde entonces, Rubén ha consolidado una trayectoria como artista escénico y formador comunitario. Su labor con infancias y personas adultas mayores le ha permitido constatar que no hay edad para crear, sentir o experimentar. “El tiempo no es un determinante para poder ser o para poder experimentar”, dice.
En cada grupo, en cada taller, encuentra nuevas formas de comunicar y nuevas lecciones sobre paciencia, empatía y respeto. Para él, los talleres son espacios horizontales, donde no existe una jerarquía entre quien enseña y quien aprende. “Es un aprendizaje compartido donde todos tenemos procesos distintos, y donde cada persona aporta su creatividad. Ellos también me enseñan a soltar, a aceptar que no todo debe salir según el plan”.

En Veracruz, donde actualmente vive, Rubén ha enfrentado retos como la falta de apoyo institucional para sostener proyectos comunitarios. Aun así, persiste. Cree que cada sonrisa, cada palabra y cada gesto de quienes participan en sus talleres son pruebas vivas de que vale la pena seguir en este andar que a veces pone en duda la pasión de los artistas.
Su sueño es crear un espacio físico y virtual donde las infancias puedan experimentar el arte y el teatro, y donde ellas mismas sean protagonistas de su propio proceso creativo. “Un teatro infantil hecho por infancias, tal vez ese sea el verdadero teatro infantil”, dice con convicción.
Cuando se le pregunta qué palabra define lo que significa para él dar talleres de arte, responde sin dudar: jugar.
“Porque cuando te prestas a jugar lo haces por diversión, te atreves, te ríes, haces cosas que no harías en la vida cotidiana. Para mí dar talleres de arte es eso: jugar, atreverme, ser”.
Para Rubén Caballero, el arte es un acto de amor y compasión, un puente hacia la empatía y la libertad. En cada taller, cada escena y cada juego, reafirma su convicción de que el arte como la vida solo cobra sentido cuando se comparte.




