Por Miguel Cocom
Durante años, el Refugio Pesquero de Celestún ha demostrado que la conservación marina puede construirse desde las cooperativas, la organización comunitaria y la disposición para aprender nuevas formas de cuidar el mar.
Primero fueron las brigadas de vigilancia comunitaria. Después vino la incorporación de mujeres en actividades de monitoreo y protección del refugio pesquero. Más tarde llegaron las capacitaciones con organizaciones civiles, el uso de drones para fortalecer la vigilancia y el equipamiento de una caseta comunitaria.
La Federación de Zonas de Refugios Pesqueros de Celestún comenzó las pruebas del primer motor eléctrico desarrollado para una embarcación de vigilancia, un proyecto que busca reducir costos, eliminar emisiones contaminantes y, eventualmente, transformar la manera en que operan las pequeñas embarcaciones pesqueras de la costa yucateca.
«Era un motor de gasolina y hoy es un motor totalmente eléctrico, ecológico y de cero emisiones», explicó José Ricardo Novelo Chac, presidente de la organización, mientras muestra el prototipo ensamblado por los propios integrantes del refugio.
El proyecto comenzó hace aproximadamente un año con el respaldo del Programa de Pequeñas Donaciones (PPD), pero el financiamiento fue solo una parte del proceso. Durante meses, pescadores y jóvenes de la comunidad participaron en talleres para comprender el funcionamiento de baterías, controladores, convertidores y sistemas eléctricos, una capacitación que les permitirá reparar y construir futuros motores sin depender de técnicos externos.

«Queremos que el conocimiento se quede aquí. Hay jóvenes que estudiaron mecatrónica y hoy están participando porque este proyecto es para el futuro de ellos», explica Novelo.
El motor aún se encuentra en fase de pruebas y su batería ofrece entre dos y dos horas y media de autonomía, tiempo suficiente para comenzar a evaluar su desempeño en recorridos de vigilancia dentro del refugio pesquero y conocer cómo responde en condiciones reales de navegación.
Las primeras aplicaciones estarán enfocadas precisamente en la vigilancia comunitaria, una actividad indispensable para proteger los recursos marinos, pero que también representa uno de los mayores gastos para las cooperativas.
Cada salida implica consumir entre 2 mil 500 y 3 mil pesos en gasolina. Con un sistema eléctrico, ese costo prácticamente desaparece.
En Celestún operan decenas de embarcaciones turísticas que diariamente recorren la ría para mostrar los manglares y los flamencos a visitantes nacionales y extranjeros. Un motor silencioso y libre de emisiones podría reducir el impacto ambiental de esos recorridos y ofrecer una experiencia distinta para quienes visitan la reserva.

Después vendría la pesca artesanal:
Durante la temporada de pulpo, una lancha puede gastar alrededor de 3 mil 500 pesos únicamente en combustible. En términos prácticos, eso significa capturar entre 40 y 50 kilogramos de pulpo solo para recuperar la inversión en gasolina.
«Con este motor esos kilos ya serían ganancia para el pescador», resume Novelo.
Actualmente las baterías se recargan desde la red eléctrica y la organización ya trabaja en un siguiente objetivo: alimentarlas mediante paneles solares para que todo el sistema funcione con energía renovable.
Paradójicamente, el corazón del proyecto nació de aquello que parecía haber terminado su vida útil.
El motor eléctrico fue construido sobre la estructura de un antiguo motor de combustión que ya era considerado chatarra.
«Lo estamos reciclando. Toda esta carcasa ya no servía y hoy vuelve a tener vida», dice el dirigente.





