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Los huevos motuleños: sabor, historia y memoria viva en el mercado

Por Itzel Chan

Un domingo por la mañana, caminar por el mercado “20 de noviembre” en Motul es entrar en un ritual de convivencia familiar. El bullicio de los pasillos dirige al local de Doña Evelia, donde los huevos motuleños guardan más que un sabor.

“Este lugar es parte de mi vida, no sólo un negocio”, cuenta Doña Evelia, quien desde hace 24 años ha hecho de su cocina un proyecto de entrega diaria. En sus mesas coinciden visitantes de Monterrey, Tamaulipas, Guadalajara, Baja California, Tabasco y muchos otros puntos del país. Llegan atraídos por la fama del platillo típico, pero se quedan con la calidez de una tradición compartida.

Su nombre ya forma parte de recetarios como Lonely Planet Food México y 365 sabores de Yucatán. La razón es sencilla porque aunque los huevos motuleños se sirven en muchos lugares, no saben igual en todos. Evelia les imprime una identidad propia con la salsa de tomate y habanero, los frijoles untados, los chícharos, el plátano frito que suaviza el picor, y el cariño que le pone a cada plato.

La historia de este desayuno se remonta a 1920, cuando el gobernador Felipe Huerta, junto a José Vasconcelos y Diego Rivera, pidió a su chef Jorge Siqueff una comida rápida. El cocinero improvisó con lo que había: tostada, frijoles, huevos y salsa de tomate. El resultado fue tan memorable que lo bautizó en ese instante: “estos son los auténticos huevos motuleños”.

Cien años después, es Evelia quien continúa la herencia y, con un toque de habanero, la hace suya. En cada bocado hay un cruce de caminos: la invención de un chef, el ingenio de un pueblo, la memoria de una mujer que convirtió la cocina en proyecto de vida. Porque en Motul, los huevos motuleños no son solo un platillo: son un relato que se come en familia, un domingo cualquiera.

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