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Mártires de Chicago: cien años de aprender en comunidad

Por: Miguel Cocom

Hay escuelas que enseñan. Y hay escuelas que se vuelven memoria.

En el puerto de Progreso, entre calles que todavía huelen a sal y viento, la primaria Mártires de Chicago cumple cien años sosteniendo algo más que un edificio: una historia compartida entre generaciones. Aquí han estudiado abuelos, madres, hijos y ahora nietos. Aquí, la educación no es solo un servicio: es herencia.

“Es un honor estar estudiando aquí, ya que la mayoría de mi familia estudió aquí. Mi abuela trabajó aquí por 6 años, mi papá y mi tío aquí estudiaron y tuve muchos amigos en el transcurso”, cuenta Daniel Alejandro, alumno del plantel, mientras reconstruye, sin saberlo, una línea de tiempo familiar que también es la de la escuela.

Una escuela nacida del trabajo

La historia de la Mártires de Chicago no empieza en un escritorio, sino en una asamblea.

A mediados de la década de 1920, en pleno auge del henequén —el llamado “oro verde”—, trabajadores portuarios decidieron organizarse no solo para defender sus derechos laborales, sino para garantizar educación a sus hijos. De esa decisión colectiva nació la escuela.

La directora del plantel, la maestra Thelma León Castillo, lo resume con claridad:

“Los henequeneros dijeron: ‘lo que vamos a hacer es que nosotros debemos de ver que nuestros hijos estudien’”.

Comenzaron con un pequeño grupo en un local alquilado. No solo enseñaban a niños: también a madres de familia, con talleres de cocina, mecanografía y oficios. Todo lo financiaban ellos mismos: maestros, materiales, incluso los libros.

Pero con la llegada del nylon y la caída de la industria henequenera, el modelo ya no pudo sostenerse. Ese proceso de transformación también quedó marcado en su historia institucional. De acuerdo con información del investigador Cristóbal León Campos, la escuela fue federalizada el 16 de febrero de 1942, en un contexto en el que el Estado comenzó a asumir formalmente la responsabilidad educativa del plantel.

Años más tarde, durante el periodo presidencial de Miguel Alemán Valdés, se construyó el edificio que hoy ocupa la escuela, con la participación de la Unión de Padres de Familia y la Junta de Mejoras Materiales. El nuevo local fue inaugurado el 1 de julio de 1952, consolidando a la Mártires de Chicago como una institución pública clave en el puerto, donde incluso se impartían clases nocturnas de mecanografía, contabilidad y otras habilidades dirigidas a la comunidad.

Una escuela que resiste y se transforma

A lo largo de un siglo, el plantel ha cambiado de forma, pero no de fondo.

El intendente Pablo Palomino, quien lleva casi tres décadas en la escuela, ha sido testigo directo de esa transformación:

“Cuando yo llegué en el 95 la escuela estaba muy diferente a esta, han pasado muchas cosas, muchas mejoras”.

Recuerda ampliaciones, nuevas aulas, la construcción de espacios como la biblioteca y la adaptación tras fenómenos como el huracán Isidoro, que obligó a reconstruir parte del entorno escolar. También habla de algo menos visible pero igual de importante: la continuidad.

“Muchos muchachos que vienen traen a sus hijos, hay señoras que traen a sus nietos”.

En esa repetición generacional está una de las claves del prestigio de la escuela.

La escuela como familia extendida

Para muchas familias de Progreso, la Mártires de Chicago no es una opción: es una tradición.

Gabriela Domínguez, madre de familia, lo cuenta desde la experiencia cotidiana:

Tengo como 15 años consecutivos en la escuela, sale uno y entra otro”.

Su testimonio revela una dinámica constante: hermanos que siguen a hermanos, primos que coinciden en las aulas, generaciones que se traslapan.

Y también habla de los cambios:

Ha habido dos o tres remodelaciones. Se trata de que la escuela esté bien”.

Hoy, uno de los avances más esperados es la climatización total de los salones, una necesidad urgente en un puerto donde “cuando aprieta el calor, aprieta recio”.

Orgullo que se aprende desde dentro

Ese sentido de pertenencia también se construye en los alumnos.

Evelyn, estudiante de sexto grado, lo describe con una mezcla de emoción y conciencia histórica:

Siento mucho orgullo de estudiar en esta bella escuela. Hay un pasillo donde están las fotos de todas las generaciones, y saber que yo estaré ahí me da mucho orgullo”.

Farid, también alumno de la institución, lo complementa:

Me siento muy orgulloso por todo lo que ha pasado en estos años, por las generaciones que han pasado por esta grandiosa escuela”.

Ese orgullo también lo expresa la alumna Siri Guadalupe Martínez May: “A mí me gusta estudiar en esta escuela porque pasó de a caerse a volver a reconstruirse”.

En sus palabras hay algo más que entusiasmo escolar: hay identidad.

Maestros que enseñan y permanecen

La permanencia también define al cuerpo docente.

“Las maestras que entran, cuando salen de aquí es para jubilarse”, afirma la directora.

La maestra Marcia Flores, además de docente, es egresada del plantel. Su vínculo es doble:

Es un orgullo trabajar en esta institución. Yo salí de esta escuela, por lo tanto es doble el compromiso y el cariño”.

Ese arraigo explica por qué la escuela mantiene su reputación en la comunidad: no solo forma estudiantes, forma también a quienes luego regresan a enseñar.

Un siglo contado en voz alta

Durante la ceremonia del centenario, la escuela no solo celebró su historia: la recitó.

Uno de los momentos más simbólicos fue la lectura del poema “¡Mi hermosa escuela!”, del maestro de lengua maya José Mariano Be Chi, que resume el vínculo afectivo entre generaciones:

“Mi hermosa escuela
Mártires de Chicago
Te doy las gracias
Porque aquí aprendí a leer,
Porque aquí aprendí a escribir,
Porque aquí me viste crecer.”

Y más adelante, como eco colectivo:

“Escuela de mi abuela y abuelo,
Escuela de mi madre y padre…
Escuela de todos los niños.”

El poema, más que un homenaje: es una síntesis de lo que significa este lugar.

Una escuela que es comunidad

Hoy, con más de 360 alumnos y una matrícula que se mantiene estable, la Mártires de Chicago sigue siendo una de las escuelas más buscadas del puerto.

Pero su valor no está solo en los números. Está en los pasillos con fotografías de generaciones. En los padres y madres de familia que regresan con sus hijos. En los maestros que nunca se van. En los alumnos que ya se saben parte de algo más grande. Cien años después, la escuela sigue cumpliendo la promesa que le dio origen: que la educación sea una herramienta colectiva. Y en Progreso, esa promesa sigue en pie.

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