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Primaria Venustiano Carranza, la primera escuela del puerto de Dzilam de Bravo

Por Miguel Cocom

El policía municipal que cuida la entrada y salida de la primaria vigila y recuerda.

Cada mañana, cuando se abre la reja y empiezan a llegar niñas y niños con mochilas a veces más grandes que ellos, José Remigio May Trejo está ahí. Observa, saluda, organiza el paso. Pero hay algo más en su mirada, hay reconocimiento. Porque él también estuvo del otro lado, en esos mismos salones que hoy custodia.

“Terminé de primero a sexto aquí. La escuela era más pequeña, solo había tres aulas, no había domo, los homenajes eran al aire libre”, dice, como si además de cuidar la puerta, también estuviera cuidando una parte de su propia historia.

En Dzilam de Bravo, esa escena no es excepcional. Es, en realidad, una constante. La primaria Venustiano Carranza es más que un edificio donde se imparten clases: es un lugar al que se regresa. A veces una madre o padre de familia, a veces un docente, a veces, como en el caso de José Remigio Maya, como quien cuida que todo siga en orden.

La historia de esta escuela comienza en 1935, cuando fue fundada como Escuela Primaria Civil Número 133. En aquel entonces, Dzilam de Bravo apenas consolidaba su vida como puerto, y la educación pública comenzaba a abrirse paso en comunidades donde aprender a leer y escribir era todavía un privilegio. La escuela inició con lo esencial: primero y segundo grado. Era pequeña, pero suficiente para marcar un antes y un después.

Cuatro años más tarde, en 1939, adoptó el nombre de Escuela Primaria Socialista Elemental Mixta Número 133, reflejando el espíritu educativo de la época. En junio de 1940 se transformó en la Escuela Socialista Venustiano Carranza, nombre que se mantiene hasta hoy y que terminó por arraigarse en la identidad del puerto. En 1943 pasó a ser la número 161, y con el paso de las décadas fue creciendo al ritmo de la propia comunidad.

En 1970 comenzó a impartir clases hasta cuarto grado. Cinco años después, en 1975, alcanzó los seis grados de primaria, lo que significó que las niñas y los niños de Dzilam de Bravo ya no tendrían que salir de su comunidad para completar su educación básica. Ese mismo año, la maestra Consuelo Rivero Campos asumió la responsabilidad del plantel en una etapa clave de consolidación.

Hoy, a 91 años de su fundación, la escuela tiene una matrícula de 156 alumnos y un equipo conformado por seis maestros de grupo, además de docentes de educación física, artes y personal de apoyo. Pero hay algo que no se mide en cifras y que, sin embargo, define su verdadero peso: la continuidad.

La maestra Celia María Bacelis Rivero lo ha visto de cerca. Lleva más de tres décadas dando clases, viendo pasar generaciones enteras, adaptándose a los cambios y resistiendo las inercias.

“Ha cambiado mucho la escuela. Ahora tenemos mejores instalaciones, domo, salones mejorados. Y sigue formando alumnos que llegan a ser maestros, doctores, profesionistas”, cuenta.

En su voz hay una mezcla de orgullo y constatación. Habla de mejoras visibles, ventanas, puertas, pintura, infraestructura, y también de algo más profundo: el impacto que la escuela tiene fuera de sus paredes. Exalumnos que regresan convertidos en docentes. Otros que se convierten en profesionistas. Algunos que, sin dejar de pertenecer, toman otros caminos y siguen reconociendo ese punto de origen.

La escuela, además, ha resistido lo que implica estar en un puerto. Aquí el tiempo se mide en años, en temporadas de huracanes, en nortes intensos, en lluvias que ponen a prueba cualquier estructura.

Angie, una de las alumnas actuales, lo resume con una claridad que no necesita adornos: “Me siento feliz porque la escuela ha existido muchos años, y aunque han pasado huracanes, sigue de pie”.

Porque para muchas familias, la Venustiano Carranza es más que una etapa pasajera; al contrario, es una línea continua que atraviesa generaciones. Maricela Concepción Cel Ángulo lo dice desde la experiencia de quien ya ha visto ese ciclo repetirse: “Tengo a mis dos nietos estudiando aquí, y generación tras generación así vamos a seguir”.

En Dzilam de Bravo, estudiar en esta escuela es casi una herencia. Los apellidos se repiten en las listas. Las historias familiares se cruzan en los salones. Los recuerdos de unos se convierten en el presente de otros.

Y, sin embargo, la escuela no se ha quedado congelada en el tiempo.

Cuando José Remigio recuerda sus años como alumno, habla de un espacio muy distinto: “Creo que no más eran tres aulas, es más, si había 50 alumnos era mucho”. Hoy, la escuela tiene otra escala, otra infraestructura, otras condiciones. Hay más alumnos, más servicios, mejores instalaciones.

Pero lo más significativo, además del crecimiento en infraestructura, es la forma en que ese desarrollo ha ocurrido sin romper el vínculo con la comunidad. Cada mejora, un domo, una remodelación, una ampliación, responde a una necesidad concreta, a una gestión que nace desde dentro, desde quienes conocen el lugar.

En muchos contextos, la escuela es un espacio de tránsito: se entra, se cursa, se sale. Aquí no.

Aquí la escuela es punto de encuentro. Es donde se realizan homenajes, festivales, reuniones. Es donde coinciden padres, abuelos, maestros y alumnos. Es donde se construye algo que no aparece en los planes de estudio: el sentido de pertenencia.

La historia misma del plantel lo confirma. Desde sus inicios como una pequeña escuela civil, pasando por su etapa socialista y su consolidación como primaria completa, ha sido un espacio donde la comunidad se organiza, se reconoce y se proyecta.

Al final del día, cuando suena la última campana y las niñas y los niños salen corriendo hacia la calle, el policía municipal vuelve a quedarse en la puerta. Observa cómo se dispersan, cómo se alejan entre risas, mochilas y despedidas rápidas.

En ese momento, la escuela vuelve a quedar en silencio. Un silencio lleno de historias que se repiten.

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