Oswaldo Huchim Lara, Universidad Marista de Mérida
Silvia Salas Márquez, Cinvestav, Unidad Mérida
En días pasados falleció César Alexander Tun Pacheco, “el Chino Alex”, como lo conocían en Río Lagartos. Ganador en 2020 del premio al mejor pescador otorgado por la SEPASY, presidió en más de un periodo una cooperativa de Río Lagartos. Fue también aliado de quienes hemos trabajado con los buzos pescadores de Yucatán para mejorar sus condiciones de salud y trabajo. Apoyó proyectos de investigación, conservación y propuestas para hacer más segura la actividad.
Alex falleció al sufrir un evento de descompresión durante una jornada de pesca. Para quienes lo conocimos y colaboramos con él, su muerte vuelve dolorosamente cercana una realidad que hemos estudiado durante muchos años. Nos recuerda que detrás de cada atención, traslado urgente o noticia sobre un buzo que no regresó a casa hay una familia, amigos y una comunidad que tendrá que aprender a vivir con su ausencia.
La pesca es una de las actividades laborales de mayor riesgo. Cuando implica descender bajo el agua, a los peligros del trabajo en el mar se suman los asociados al buceo. Esa parte de la historia pocas veces es visible. Cuando encontramos meros, boquinetes, langostas u otros productos del mar en un restaurante, mercado o supermercado, difícilmente pensamos en las condiciones en que fueron obtenidos. Detrás de algunos hubo un pescador que realizó múltiples inmersiones para llevar la captura a puerto. El riesgo ocupacional también forma parte de la cadena de producción, aunque no aparezca en la etiqueta ni en el menú.

En el oriente de Yucatán conocemos parte de la magnitud del problema porque existe un registro relativamente consistente de las atenciones por enfermedad por descompresión. Cada año se contabilizan más de cien atenciones. Hablamos de atenciones porque no necesariamente corresponden a cien personas distintas ni representan todos los eventos; son aquellos de los que tenemos registro. En otras regiones de México, sin mecanismos semejantes de seguimiento, conocer la magnitud del problema continúa siendo un desafío.
Han pasado más de tres décadas desde que esta forma de extracción comenzó a extenderse en distintas regiones del país y, sin embargo, cada temporada seguimos viendo pescadores que requieren tratamiento, personas que quedan con secuelas y familias que pierden integrantes. Que ocurra con frecuencia no significa que debamos aceptarlo como una consecuencia normal del trabajo. Muchos de los riesgos asociados al buceo pueden identificarse y reducirse, y estos eventos no deben asumirse como inevitables.
Como investigadores, hemos monitoreado jornadas de buceo, estudiado la calidad del aire que respiran los pescadores, identificado factores de riesgo y realizado evaluaciones de salud. También hemos trabajado con ellos en soluciones asequibles y capacitaciones sobre oxígeno, primeros auxilios y respuesta ante emergencias. Muchas de estas experiencias fueron posibles porque líderes como Alex entendieron que mejorar la seguridad era contribuir a realizar la actividad en mejores condiciones.
Si conocemos muchos de los riesgos y sabemos que existen medidas para reducirlos, ¿por qué continuamos enfrentando cada temporada el mismo problema?
La seguridad del buzo no depende solamente de sus conocimientos o de las decisiones que toma bajo el agua. Cada inmersión ocurre en un contexto de temporadas cortas, necesidad de ingresos, presión por aprovechar el buen tiempo, cambios en la disponibilidad de los recursos, condiciones del equipo y distancia a los servicios de salud. Por eso, decir simplemente que el pescador “debe bucear con mayor cuidado” resulta insuficiente.

La prevención requiere equipo adecuado, aire respirable seguro, capacitación, disponibilidad de oxígeno y procedimientos claros de respuesta y traslado. También requiere registrar dónde ocurren las descompresiones y con qué consecuencias. Lo que no se registra difícilmente puede dimensionarse y prevenirse de manera sistemática.
Muchas respuestas han surgido de las propias comunidades. Pescadores, cooperativas, personal de salud, operadores de cámaras hiperbáricas e investigadores han desarrollado soluciones locales. Esos esfuerzos deben reconocerse, pero no sustituyen la responsabilidad de las instituciones y autoridades. La protección de quienes trabajan bajo el agua no debería depender de que exista un líder comprometido, una cooperativa con recursos o una cámara disponible.
La enfermedad por descompresión requiere atención especializada y, cuando está indicada, la cámara hiperbárica puede ser determinante para reducir el daño. Pero disponer de una cámara significa actuar cuando el evento ya ocurrió. Incluso el mejor sistema de atención no sustituye una estrategia de prevención.
Esto exige mirar la pesca con buceo como un asunto de salud ocupacional y pasar de esfuerzos aislados a una estrategia integral y sostenida que articule a las comunidades pesqueras con los sectores de pesca, salud y trabajo, fortalezca la seguridad, asegure una respuesta oportuna y permita registrar atenciones, secuelas y defunciones.
La descompresión tampoco termina necesariamente cuando el pescador sale de la cámara. Puede significar meses sin trabajar, secuelas, pérdida de capacidad laboral y gastos familiares. Cuando un pescador pierde la vida, queda una ausencia que alcanza a su familia, a sus compañeros y a toda una comunidad. ¿Cuántas familias y comunidades más tendrán que aprender a vivir con una ausencia que quizá pudo evitarse?
Alex fue uno de esos líderes que entendieron que hablar de seguridad significaba buscar que quienes viven de la pesca pudieran hacerlo en mejores condiciones. Por eso su ausencia marca un parteaguas para quienes colaboramos con él. Esta vez, el problema que durante años hemos expresado en registros e investigaciones tiene el rostro de alguien con quien compartimos una parte importante del camino. Y nos recuerda que cada atención que contabilizamos también tiene un nombre, una familia y una historia.
Alex merece ser recordado por su liderazgo, la defensa de los pescadores y su compromiso con la conservación de los recursos de su comunidad. Pero despedirlo también nos obliga a preguntarnos qué podemos hacer para que otras familias no tengan que enfrentar una pérdida semejante.
No deberíamos normalizar la descompresión. Mucho menos normalizar que un pescador muera por ella. Quizá una manera de honrar a Alex sea volver a mirar, a partir de su muerte, un problema que lleva demasiado tiempo frente a nosotros. Que algún día el éxito no se mida por cuántos pescadores logramos llevar a una cámara hiperbárica, sino por cuántos pudieron regresar a casa sin necesitarla.




